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19 de diciembre del 2003

Conozcan al hombre

Por Iria González-Rodiles

Algunos exclamarán "no es noticia", cuando reitere que un preso ha sido golpeado en la Cárcel Provincial de Holguín, en Cuba. "Nada nuevo" o "no es el único", añadirán, porque golpizas se propinan en cualquier momento, lugar, época; tanto más, en las prisiones.

Pero basta conque se maltrate a un hombre -tan sólo uno- para que la desidia o el silencio de otros hombres se conviertan en cierta forma de complicidad y de culpa. Peligroso resulta para la condición humana acostumbrarse a contemplar los golpes ajenos, mientras las víctimas reclaman apoyo y ayuda en medio de su indefensión: nadie está exento, además, del maltrato en este mundo.

Por eso insisto: el hombre confinado en la cárcel holguinera piensa tal como lo que acabo de escribir y actúa en consecuencia. Y ha sido golpeado. No es un delincuente, aunque se halla en prisión. Pertenece a los llamados "presos de conciencia", que no debían existir en toda la Tierra porque ningún hombre merece ser condenado por pensar y expresarse libremente sobre los asuntos patrios.

El preso agredido es uno de los 75 prisioneros, condenados a penas que oscilan entre los 15 y 28 años de cárcel, durante la ola represiva de marzo y abril pasados, bien llamada "la primavera negra cubana".

Pero quiero que sepan más sobre él, pues los hombres se conocen por su comportamiento público y, también, por su vida íntima, familiar, privada.

Ese hombre se llama Adolfo Fernández Sainz. Lo conocí junto a su esposa, Julita, y a su hija, Yoana, en una misa de la Iglesia La Caridad, ubicada en el municipio capitalino Centrohabana, de donde son asiduos fieles. Desde el primer momento, los descubrí como una familia unida, armoniosa, estable, feliz; para mi asombro, pues ya casi no existen familias así en Cuba. Es una especie de fenómeno en extinción.

Además de aquella primera impresión directa, y de otras, en posteriores encuentros, me llegó una nueva evidencia: la carta que me envía Adolfo desde la prisión donde se encuentra confinado: "La prueba es dura, pero siento que el Señor me ayuda a soportarla. Ciertamente Él nos aligera la carga. Mi familia también hace lo indecible por mí. Se han portado a una gran altura. Yo, que siempre las quise tanto, ahora sé que no tengo donde ponerlas de tanto que las amo.

"Aquí todos los domingos celebramos un círculo bíblico para que ese día no pase como otro cualquiera. Leemos fragmentos del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, oramos y analizamos lo leído en la modesta medida de nuestras posibilidades. Aunque estamos los siete cada uno en su celda, hablando alto se escucha de un extremo a otro del pasillo. Es la forma más digna que tenemos, creo, de acercarnos al Señor. Él sabrá perdonarnos por nuestras faltas".

En otro fragmento de su misiva, Adolfo da muestra de su bondad cuando transmite apreciaciones generosas sobre los demás presos: "Antes de estar aislados estuvimos como tres semanas conviviendo con los comunes y siempre nos dieron un trato muy respetuoso, incluso afable. Tú sabes, aquí te encuentras de todo, pero entre ellos hay personas que no son del todo malas, sino que las circunstancias difíciles les han jugado una mala pasada. No me quedó una mala impresión de esos días, aunque las condiciones no eran fáciles".
Acoto: ni siquiera durante la dictadura batistiana, se mezclaban los presos políticos con los comunes, aún cuando los primeros hubiesen realizado acciones armadas.

Muy distinta es la experiencia de Adolfo y los demás prisioneros de conciencia en las actuales condiciones del presidio en Cuba, pues han vuelto a ser víctimas de la mezcolanza con el resto de la denominada "población penal".

Ha sucedido entonces lo inevitable. Este hombre pacífico, que rechaza todo acto de violencia, se interpuso cuando un reo agredía a otro recluso. La pérdida transitoria del conocimiento y el hematoma en un ojo, resultaron del golpe brutal propinado en el rostro de Adolfo por el preso común agresor.

Pero Adolfo no es hombre de apocamientos. Asegura que siempre intentará impedir todo abuso o maltrato a cualquier ser humano: pondrá, si es necesario, el otro ojo de su rostro, cual la otra mejilla, a favor del prójimo agredido.

Sólo un hombre así es capaz también de perdonar a quien lo golpeó, a sus carceleros, incluso, a quienes han provocado con la separación familiar, tantos sufrimientos y vicisitudes a sus seres queridos. Porque Adolfo es de esta estirpe de hombres que llevan en su corazón la fuerza invencible de los débiles: el Amor.

Ahora que conocen ustedes un poco más sobre Adolfo, ¿merece un hombre ser mezclado con delincuentes? O más, ¿debe estar condenado a 15 años de prisión por escribir lo que piensa sobre la actual situación de su país?


 

 



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