¿Solución o remiendo?
Las nuevas medidas de Washington se suman ahora
a la agonía cotidiana del cubano de a pie.
Por Iván García
Para muchos, Bush es el americano feo. El
Aeropuerto Internacional José Martí, en La
Habana, parece por estos días un polvorín
a punto de explotar.
Caras largas y llanto, salpicados con ofensas
de todo tipo a la administración del ranchero tejano
George W. Bush. Por favor, si usted está de acuerdo
con las medidas aplicadas por el hombre fuerte de Washington
para acelerar la caída de Fidel Castro, no lo vaya
a expresar en alta voz en la sala de espera de la terminal
aérea. Pueden lincharlo.
Numerosos emigrados cubanos que viven en
la Florida merodean con prisa y con bastante mal humor por
los salones del aeropuerto. Todos quieren salir cuanto antes
de la Isla para no violar la nueva ley, so pena de ser multados
con cifras a partir de los 7.500 dólares. El ajetreo
es intenso. Y por supuesto, despegan muchos más aviones
cargados con cubanos residentes en Estados Unidos que en
días habituales.
Andrés Argüelles, 52 años,
vive hace 17 en La Pequeña Habana de Miami, y por
su rostro sonrojado y numerosas cadenas de oro de 14 quilates,
parece que la vida no le va mal. "Yo voté por
Bush en 2000. También estoy en contra de Castro,
pero con estas medidas el perjudicado es el pueblo cubano",
dice con cierta rabia contenida.
Amarilys Ortiz, 27 años y con diez
de residencia en Estados Unidos, llora con desconsuelo.
"¿Tú sabes lo que es ver a mi abuelita
cada tres años, y limitar los regalos y el dinero
que deseo enviarle? Esto no tiene justificación.
Bush es un hijo de puta. Lo odio tanto como a Castro u Osama
Bin Laden", expresa la joven cubanoamericana.
Ciertamente, los cubanos cuando dan rienda
suelta a sus emociones van sin pausa del cero al cien. O
todo o nada. No hay término medio.
Gritos desde la otra orilla
Mucho menos reflexión serena. Los
cubanos que viven en la Isla, en su mayoría, tampoco
están de acuerdo con las regulaciones implementadas
por Bush. De 53 personas encuestadas para Encuentro en la
Red, 47 estuvieron en contra. Sólo seis felicitan
al mandatario norteño por decidirse --al fin-- a
poner la soga al cuello al gobierno de Castro.
A Jorge Arias, 21 años, ingeniero,
las medidas le afectan. "Yo tengo parte mi familia
en Estados Unidos, pero ya es hora de cortar de una vez
y por todas con los dólares que oxigenan el aparato
represivo y perpetúan en el poder a Fidel Castro",
explica Arias.
Incluso, los familiares de los 75 presos
políticos puestos tras las rejas por largos años
en la primavera de 2003, no están de acuerdo con
las medidas, aunque la detención de sus seres queridos
fue la que provocó en parte la respuesta de Bush.
"Podrá ser en solidaridad con
los 75 y la violación de los derechos humanos en
Cuba, pero no estoy de acuerdo porque el gran perdedor es
el cubano de a pie, ese que está tan cansado de la
dinastía de los hermanos Castro y del embargo, como
de la prepotencia y arrogancia de los yanquis", señala
Blanca Reyes, 54 años, esposa del poeta y periodista
Raúl Rivero, encarcelado por 20 años en la
prisión de Canaleta, Ciego de Ávila, a casi
700 kilómetros de su hogar.
Claudia Márquez, 26 años,
periodista independiente, coincide en parte con la esposa
de Rivero. Márquez, quien tiene a su cónyuge
Osvaldo Alfonso tras las rejas sancionado a 18 años
de prisión, cree que las medidas son absurdas y no
van a afectar la capacidad de reprimir, ni causará
grietas en el poder absoluto de Castro. Si alguien está
de fiesta por las nuevas medidas es el gobierno de La Habana.
Tal parece que los asesores de Bush son agentes de Castro.
Ahora el comandante único tiene más combustible
para su larga e irracional "batalla de ideas"
contra Estados Unidos.
Cada nueva vuelta de tuerca al embargo,
o leyes como las aplicadas por la administración
Bush a partir del 30 de junio, desatan una feroz propaganda
de los medios en Cuba y tratan de vender la imagen de "víctimas
del imperialismo yanqui". Claro, el pueblo no es bobo.
Cierto que Bush no es bien visto por muchos en la Isla,
pero a Castro, además de aburrir con su largo discurso,
ya una gran parte de los cubanos le piden a gritos los cambios
que traigan nuevos bríos a la economía y la
vida del país.
"Bush es un estúpido que no
ha sabido enfocar la guerra contra el terrorismo y tampoco
ha acertado en su respuesta a la represión en Cuba.
Deseo que llegue noviembre para que salga como bola por
tercera de la Casa Blanca", alega Luis Martín,
23 años y estudiante de arquitectura, quien piensa
que John Kerry, candidato demócrata a la presidencia,
ocupará el poder en las elecciones de otoño.
El camino errado
En Cuba todo va de mal en peor. La economía
no crece y las inversiones extranjeras cayeron un 50% en
comparación con 1998. Hay entre 500.000 y 800.000
trabajadores excedentes de sus puestos laborales, y la deuda
externa supera los 12.000 millones de dólares. Y
no se ven soluciones a corto plazo. Cuba no está
integrada al ALCA, ni a ningún otro acuerdo comercial
serio.
No puede acceder a préstamos del
Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el Banco
Interamericano de Desarrollo. Depende exclusivamente del
turismo, el níquel, el tabaco y las remesas familiares,
principal rubro económico con más de 800 millones
de dólares frescos para las arcas del gobierno.
En este siglo XXI, los casi dos millones
de cubanos exiliados que viven por medio mundo son de importancia
estratégica para Castro. Por supuesto, los emigrados
no pueden olvidar que el comandante está lejos de
ser el santo padre de la reunificación familiar.
Todo lo contrario. Si alguien ha humillado y ninguneado
a la emigración cubana, ese es Fidel Castro.
En los años sesenta, setenta y ochenta,
ser emigrante era la última carta de la baraja. El
gobierno los llamaba "gusanos" y reprimía
a aquellos parientes que desde la Isla mantenían
contacto por carta o teléfono con su familia. Ningún
cubano que se respete puede olvidar 1980.
En ese año negro salieron a la luz
los bochornosos actos de repudio --émulos de actos
similares que practicaban los gobiernos fascistas de Hitler
y Mussolini--, que tuvieron que sufrir en carne propia más
de 120.000 cubanos que emigraron por el puerto de Mariel.
En esos actos de repudio se llegó a las vejaciones
y a la violencia física.
También Castro prohibió, hasta
1993, la tenencia de dólares que enviaban familiares
desde EE UU. Muchos pasaron por la prisión por poseer
el billete verde el enemigo. La sola idea de marcharse del
país podía costar años de cárcel.
Eso no lo pueden olvidar los cubanos del exilio, ni los
que viven en la Isla. Al régimen cubano jamás
le ha interesado la unión familiar ni el exilio.
Ahora, en estos tiempos, sólo por interés
político y económico, y por que necesita los
dólares más que nunca, ha derogado leyes que
penaban la "salida ilegal" y la "tenencia
de dólares", y promueve con desespero la unión
familiar.
Pero que Castro haya sido implacable con
los exiliados cubanos no es óbice para que Bush implementara
las nuevas medidas. La razón es una y simple: el
único afectado es el pueblo cubano. Pueblo que no
tiene por qué tener vocación de mártir,
ni madera de héroe, y que ha sufrido con las numerosas
improvisaciones económicas, guerras en África,
penurias materiales, falta de comida, agua, luz y dinero,
por parte del gobierno cubano, para añadir la pesada
cruz que intenta echar sobre sus espaldas el presidente
norteño.
Anoten esta cifra: cerca del 60% de los
cubanos reciben de una forma u otras remesas familiares.
Si el presidente Bush cree que con presiones de este tipo
la gente se lanzará a las calles y sucederá
una revolución de terciopelo, puede que esté
equivocado. La mayoría del pueblo y el exilio cubanos
desea cambios. Pero ese no es el camino.