|
Junio del 2004
Marlon Brando, Raúl
Rivero y La Habana
El mismo día me
llegaron las dos noticias: había muerto en Los Angeles
el actor estadounidense Marlon Brando y Blanca Reyes desde
Cuba denunciaba el hostigamiento a que es sometido en prisión
su esposo Raúl Rivero.
Por Tania Quintero, desde Suiza
Noticias tan dispares se cruzan
para mí en una ciudad: La Habana. Como tantas otras
estrellas, Marlon Brando estuvo en La Habana antes de la
llegada de los barbudos. Procedente de Morón, en
el antiguo Camagüey, Raúl Rivero se fue a vivir
y estudiar a la capital en los años 60. El sabía
de los ilustres visitantes por la prensa de la época,
especialmente por la revista Bohemia.
De no estar Raúl donde
está, injustamente preso en Canaleta, Ciego de Avila,
y si no estuviera yo exiliada en Lucerna, Suiza, hubiéramos
“echado una parrafada” telefónica acerca
de Marlon Brando, sus películas y su vida. Le hubiera
dicho de lo que de Brando dijeron por la BBC, Radio Nederland
y la Voz de los Estados Unidos. Seguramente él recordaría
la autobiografía aparecida en 1994, pero tal vez
no hubiera sabido del libro Brando en el ocaso, de la estadounidense
Patricia Ruiz.
Hubiéramos repasado
su filmografía y al final hubiéramos terminado
hablando de La Habana que él no conoció y
de la cual le encantaba oír anécdotas. Con
mi hijo, Iván García, Raúl solía
hablar de pelota y de los peloteros de antes de 1959. Iván
siempre alababa la memoria prodigiosa de Raúl: se
acordaba de jugadas y hasta de los números de los
peloteros de su preferencia. De niño debe haber coleccionado
postalitas.
No sé si Marlon Brando
fue su actor favorito, pero si fue el mío, seguido
de James Dean, Paul Newman y William Holden. Tampoco se
cuántas películas de Brando vio Raúl
ni dónde. Los dos primeros filmes que vi del actor
nacido en 1924 en Omaha, Nebraska, fueron La casa de te
de la luna de agosto, en 1956, y Sayonara, en 1957, años
de sus estrenos.
En las dos ocasiones acudí
al Rodi -hoy Teatro Mella- uno de los mejores cines habaneros
en ese momento. Enclavado en la calle Línea entre
A y B, Vedado, la “guagua” que me dejaba más
cerca era el M-7, reconvertido en ruta 37 y que continúa
con similar recorrido, pero sin tantos carros. Los autobuses
M-7 estaban pintados de blanco y por ello la gente los llamaba
“enfermeras”.
En una de esas “enfermeras”
fui un domingo al estreno de Sayonara. Había acabado
de cumplir 15 años y mis padres me dejaban andar
sola por una urbe donde las prostitutas no estaban a la
caza de extranjeros, sino hacían “su trabajo”
en zonas a ellas destinadas (Pajarito, Colón, Pila).
Las avenidas y calles principales se mantenían por
las noches iluminadas, no tenían baches y por las
aceras se podía caminar sin temor a virarse un pie
por los numerosos huecos.
Era La Habana una de las ciudades
más cosmopolitas del continente, escala obligada
de famosos procedentes de Estados Unidos, Europa y naciones
iberoamericanas: Ava Gardner, Lucille Ball, Desi Arnaz,
Nat King Cole, Frank Sinatra, Libertad Lamarque, Jorge Negrete,
Pedro Almendariz, Andrés Segovia, Yehudi Menuhin,
Erich Kleiber, Artur Rubinstein, Igor Stravinsky, Sergei
Rachmaninoff, Marion Andersen, Xavier Cugat, Rosita Renard
y Sir Thomas Beechman, entre otros.
Era La Habana de los carnavales
en febrero, con un poco de frío y con la zafra terminada.
De las bodegas en las esquinas; de carnicerías y
puestos de chinos por doquier. De vendedores ambulantes
de frutas y tamales, pero sobre todo, era la capital del
café con leche.
Entonces la palabra “apagón”
no figuraba en el habla popular de los cubanos y “la
libreta” era sinónimo de cuaderno escolar y
no de racionamiento. El mosquito Aedes Aegypti no se había
convertido en una plaga debido a la insalubridad por la
escasez de agua potable y por la necesidad de sobrevivir
a base de agua recogida en cubos, palanganas y toda clase
de tanques
La Habana que conoció
Marlon Brando fue la misma de mi adolescencia. De tanto
hablar de aquella Habana, Raúl Rivero la hizo suya
y ahora la recrea en sueños y poemas. Mientras en
el mundo reestrenan cintas de Marlon Brando, en una celda
húmeda y estrecha, vigilado y asediado permanece
Raúl Rivero. Condenado a la ley del silencio.
|