El gravamen sobre
el dólar destapa el enojo de los cubanos
y pone contra las cuerdas la ya moribunda economía
familiar.
Por Iván García
Santiago Pino, de 41
años, quisiera volar al planeta Marte. Ingeniero
civil y padre de tres hijos, no ha tenido un buen
día. El lunes 25 de octubre, Castro --enfundado
en su anacrónica casaca verde olivo, con
el brazo derecho inmovilizado y su rodilla derecha
recién operada-- anunció desde el
Palacio de la Revolución una serie de medidas
financieras que han caído como un mazazo
sobre las personas como Pino.
Sentado en la sala
de su casa, este hombre se mece frenéticamente
en su sillón carmelita y fuma como un poseso
un cigarrillo tras otro. "Es un robo descarado
al esfuerzo de los cubanos en el extranjero. Este
impuesto revolucionario se me parece al que cobra
la ETA militar a hombres de negocio en el País
Vasco", dice indignado el ingeniero. Su hermano,
que reside en la Florida hace 15 años, le
envía todos los meses 150 dólares
para intentar que su familia tenga una vida más
digna.
"Ahora tendré
que pagar 15 dólares de impuesto cuando haga
el cambio por 'chavitos' (como se le conoce popularmente
al peso convertible en Cuba). Imagínate,
con los precios por las nubes, la carestía
de la vida y ahora con menos plata. Son unos piratas",
alega Pino con gesto peripatético.
Como él piensa
Estela Román, una ama de casa de 67 años,
que vive mejor gracias a los 100 dólares
que le envía su hijo, un abogado que reside
en Coral Gables, en la Florida. "Si a este
impuesto canallesco, tú le sumas la falta
de libertades, las carencias de todo tipo y los
altos precios en las tiendas por dólares,
te juro que quisiera morirme", apunta la anciana
con rabia contenida.
De una forma u otra,
algo más de un 60 por ciento de la población
cubana recibe dólares producto de las remesas
familiares. La CEPAL maneja cifras que rondan los
mil millones de dólares anuales por este
concepto.
Castro nunca ha publicado
la cantidad que recauda anualmente en las tiendas
de divisas. Pero son varios cientos de millones
que su régimen necesita para poder mantenerse
en el poder. A raíz de las nuevas medidas
decretadas por la administración de George
W. Bush, que recortan los viajes a la Isla de cubanos
que viven en Estados Unidos y sólo permiten
enviar 100 dólares por mes, además
de que el Departamento del Tesoro está a
la caza de cuentas poco transparentes del gobierno
cubano y el lavado de dinero, Castro desató
su vendetta.
Lo embolsado y lo por
embolsar
Cincuenta personas
encuestadas, con edades comprendidas entre 18 y
70 años, de ambos sexos y de todas las razas,
están contra las prohibiciones del mandatario
norteño, pero están aún más
molestos con las contramedidas de Fidel Castro.
En junio subió los precios de los productos
en dólares, entre un 10 y un 20 por ciento.
Ahora grava el dólar en un 10 por ciento.
Eso significa, según un economista que prefiere
el anonimato, que a partir del 8 de noviembre se
embolse más de 30 millones de dólares
extras al mes por este nuevo impuesto.
"Además,
por el cambio de dólares por chavitos obtendrá
entre 500 y 700 millones de dólares frescos",
señala el economista.
Es evidente que Castro
está tras el dólar. Sus problemas
de liquidez, debidos al mal gobierno, le hacen dictar
medidas impopulares. Luego, con su proverbial manipulación,
culpa de los males de la economía al gobierno
norteamericano. En estos 45 años, EE UU y
su embargo siempre pagan el pato. La mayoría
en la Isla está contra el embargo, pero también
cansados y hastiados de la política unipersonal
de Castro.
Vea usted: cuando se
vive en un país en el cual uno se levanta
sin luz eléctrica, toma café por desayuno,
demora un par de horas para llegar a su trabajo
por el mal servicio del transporte público,
almuerza un bodrio en su centro de trabajo, y luego
en casa, la cena no es mucho mejor, gana 200 pesos
al mes (8 dólares), paga 23 pesos por la
libra de carne de cerdo, 35 por la de jamón
y 11 por la de frijoles, es evidente que resulta
patético vivir en esta isla hermosa y verde
que se llama Cuba. Si a eso le agregamos que los
dólares, que con no poco sacrificio le remiten
los familiares en el exterior y ahora son devaluados,
la respuesta del cubano es escapar. Y si es a Estados
Unidos, mucho mejor.
"La revolución
cubana es una contradicción abismal",
dice José Arias, historiador. "A 45
años necesitamos el dinero de los gusanos
y de los inversores capitalistas, como un camello
busca agua en el desierto. Poco se ha logrado con
el socialismo totalitario, sólo pobreza",
señala Arias.
La contradicción
es real. Para vivir un poco mejor en la Isla, tienes
que tener el billete verde. La moneda local es una
parodia. Un signo de estas contradicciones del régimen
de Castro, se observó por televisión
la noche del 25 de octubre. Mientras el comandante
único informaba sobre el impuesto revolucionario,
a sus espaldas se veía un espléndido
paisaje de Tomás Sánchez, pintor cubano
que hace 10 años vive exiliado en la Florida.