Opinión
22 de agosto de 2005
Hombres
en peligro
¿Son estos los coletazos finales de un dictador
que tramita su viaje hacia la historia universal de la
infamia?
Por
Raúl Rivero, Madrid
Las
pantallas de los ordenadores, el papel de los diarios
y las ondas hertzianas, tienen una rara cualidad deshumanizadora.
Uno lee el nombre de un amigo, de una persona cercana
y querida y está marcado de inmediato por una distancia
de origen desconocido.
Se
debe, entonces, ponerle rostro al nombre, carne a las
palabras, sentimiento a las resonancias de las sílabas.
Eso hice esta mañana cuando leí que René
Gómez Manzano, el brillante abogado y opositor
cubano, se plantó en su celda del sombrío
manicomio que el Ministerio del Interior inauguró,
como si se tratara de un centro comercial, en lo que fue
un reparto residencial de clase media, Aldabó,
al sureste de La Habana.
Allí
está, entre aquellas paredes y en aquella atmósfera
opresiva, un hombre culto, cívico, decente donde
los hubiere. Por esas virtudes, precisamente, ha pasado
años y años enfrentado al totalitarismo
y bajo los tormentos, sutiles o bastos, de que dispone
en la Isla el piquete de gánsters que secuestró
el país.
Especialista
en derecho internacional, conocedor como pocos de las
trochas de la espuria Constitución de 1976 y de
sus fraudes, Gómez Manzano ha sido siempre, para
centenares de opositores, la garantía de saber,
al menos, mediante qué trampa ibas a parar a la
cárcel.
Sé
que cada que vez alguien tenía problemas con la
policía, la primera reacción era esta fórmula
esperanzadora: llama al doctor Manzano a ver si se puede
hacer algo.
René,
que la única posibilidad que tiene ante la inmensa
cama que le tiende ahora el comando estratégico
del Nuevo Vedado, es consultarse a sí mismo en
las noches de insomnio de 100 y Aldabó, acaba de
decidir que debe ponerse en huelga de hambre para demostrar
a sus carceleros que los acosos horarios, las humillaciones
programadas y experimentadas en miles de otros prisioneros,
no van a doblegar su espíritu que viene de otras
rejas, donde estuvo y salió indemne.
El
episodio de la visita de su hermano, otro hombre serio
y callado que ha vivido las agonías de René
en solitario, violan hasta el burdo papelón suscrito
--en forma de Carta Magna-- por la burocracia estalinista
para regir, controlar y asfixiar al pueblo cubano.
Le
prohíben hablar del proceso por el cual puede ir
a cumplir veinte años. Le prohíben recibir
aseo personal y alimentos y, si pudieran, le prohibieran
respirar, ver la luz, contar las cucarachas, espantar
los mosquitos y beber el agua tibia y contaminada que
se conserva con larvas y microbios en los místicos
pomos plásticos de los presos.
Esta
es una nota de alarma que hace también un viaje
en rayo por el cielo de la República y llega a
Guantánamo. Allí, en la desarbolada cárcel
provincial, un policía que también tiene
nombre, hostiga, maltrata y agobia a mi colega y amigo
Víctor Rolando Arroyo, el único hombre en
el mundo condenado por regalar juguetes a niños
pobres.
Hay
otros muchos supliciados en aquella isla cubierta por
el azogue de la propaganda y exaltada por la nostalgia
y la viudez de otros pícaros con boinas y revólveres.
Hoy he querido mencionar, hacer presentes a estos amigos,
a estos seres humanos que quisieran ser libres ellos mismos
(y lo son) y que trabajan pacíficamente para que
vivan también en libertad, para siempre, todos
los cubanos.
Pueden
ser, como dicen los expertos, coletazos finales del viejo
dictador que tramita su viaje hacia la historia universal
de la infamia. Pueden ser, pero los golpes los están
recibiendo, los mejores, los que salieron al aire y a
la luz a pecho descubierto.
Hacerlos
presentes, convocarlos por todos los medios, no alivia
sus dolores, ni contiene las hemorragias, pero debe hacerles
sentir a ellos, y a sus familiares, más ligera
la soledad y más claro el anuncio.
*Tomado
de Encuentro en la red - Diario independiente de asuntos
cubanos.