La libertad de prensa es un derecho consagrado... esa Iibertad
es una de las que a la Nación más honran y, andando el tiempo,
de las que mas habrán de aprovecharle.
Dr. José María Castro Madriz, ex presidente de Costa Rica, 1842
Amigas y amigos:
Agradezco profundamente a los directores de la Sociedad Interamericana
de Prensa por haberme invitado a participar en esta Asamblea General. Mal
haría si intentara ante ustedes una prolongada disertación sobre
el desarrollo de los medios de comunicación de masas en Costa Rica,
o en Centroamérica, o en el resto del mundo. Seria para ustedes una
pérdida de tiempo, pues, honestamente, lo único que yo podría
ofrecerles sobre el tema sería la imagen de un lobo ladrándole
a cien lunas. Prefiero, desde la perspectiva de un político que no
renuncia a luchar por la libertad, la paz y la democracia, aprovechar la generosa
cortesía de mis distinguidos anfitriones para hablarles sobre la responsabilidad
y la función de los periodistas y de los medios de comunicación
frente al fenómeno de la violencia, de la lucha contra la corrupción
y de la Iibertad de prensa.
Cuando ocupé la Presidencia de Costa Rica, y particularmente
en relación con el proceso de pacificación y democratización
de Centroamérica, fui testigo del enorme efecto que puede llegar a
ejercer la prensa sobre los acontecimientos humanos. Entiéndase bien,
no se trata de la capacidad para informar sobre esos acontecimientos, sino
de un verdadero poder que Ie permite a la prensa influir en su rumbo.
Puedo afirmar que la prensa internacional actuó con responsabilidad
en aquellos momentos, y que el odio y la intolerancia también cobraron
su cuota de sangre a los periodistas. Sentí mucho pesar por el gran
número de mujeres y hombres de la prensa que sufrieron cárcel,
tortura y hasta perdieron la vida en el cumplimiento del deber de informar
y, no pocas veces, por haber actuado en defensa de 10 que creyeron justo,
o por haber denunciado crímenes y atropellos.
Que la violencia se proyecte contra el periodista y contra
la libertad de prensa es grave para la democracia. Pero no debemos engañarnos
en cuanto a las dimensiones que alcanza la infección de nuestra cultura
con la enfermedad de la violencia. Sus peligros y sus amenazas no gravitan
únicamente sobre los periodistas. Ser periodista es, en nuestro continente,
ciertamente peligroso. Mas quien sabe, si en nuestro tiempo, no es mas peligroso
ser niño.
No exagero. La intolerancia, la desconfianza, el miedo y el odio se han infiltrado
en los entresijos sociales de nuestro continente. La violencia que nos carcome
procede de fuentes que, en muchos casos, intentamos no reconocer. Hace poco
recibí la impactante nueva de que, desde 1979, solamente en Estados
Unidos han muerto, por heridas de bala, mas de 50,000 niños. Esos niños
murieron en sus hogares, en sus escuelas y en sus vecindarios, por accidente
o por acción deliberada de sus familiares, sus condiscípulos
o sus amigos. Esos infanticidios por acción o por descuido suman más
que el número de soldados estadounidenses muertos en combate en la
guerra de Vietnam. Esos infanticidios ocurrieron -y siguen ocurriendo- porque
los niños y las niñas de este continente son obligados a nacer,
a vivir y a educarse en un ambiente que permite, y prácticamente exige,
tener en cada hogar por 10 menos un arma de fuego.
No sabemos a ciencia cierta cuántos niños nicaragüenses,
salvadoreños o guatemaltecos crecieron, no en medio de juguetes, de
libros y de maestros, sino en los campos de entrenamiento y en los campos
de batalla, cargando sobre sus hombros y disparando armas de fuego en medio
de adultos que, como ellos, sólo aprendieron a matar. Sabemos que fueron
muchos los niños soldados, que muchos de ellos murieron cuando aún
no habían aprendido a jugar ni a leer, y que los demás vieron
llegar la paz cuando ya se habían convertido en adultos sin futuro.
Es, en verdad, sumamente peligroso ser niño en estas tierras del continente
americano.
Permítanme decir que no subestimo la monumental complejidad
del problema de la violencia. Pero eso no debe intimidarnos. No hacer nada
por resolverlo es la mejor manera de empeorar las cosas. Estoy familiarizado
con la observación de que la magnitud de los medios para afrontar un
problema debe ser conmensurable con la magnitud misma del problema. Es una
observación razonable, pero, llevada a sus últimas consecuencias,
nos conduciría, como a los adultos de EI Principito de Antoine de Saint-Exupery,
a no distinguir un sombrero de una boa satisfecha. Debemos ser realistas,
es cierto, pero también debemos reconocer que la humanidad sería
aún una especie arbórea si sus individuos nunca hubieran practicado
la arrogante presunción de Arquímedes: "dadme un punto
de apoyo". EI esfuerzo individual de cada uno de nosotros cuenta, por
muy insignificante que se vea frente a los retos.
La difusión de lo que llamamos la cultura de la violencia
es probablemente el efecto sinérgico de muchos factores. Entre ellos,
la incitación al consumismo desplegada por la publicidad, la exaltación
idolátrica del dinero, el canto de sirena de la drogadicción,
y el efecto insensibilizador de la violencia que presentan, a guisa de información
o de entretenimiento, los medios masivos de comunicación.
Por mucho que la actividad de los medios informativos se enmarque
dentro de un sistema que da prioridad a la generación de beneficios
económicos, siempre quedará espacio para tomar en cuenta, en
su funcionamiento, algunos valores fundamentales. No hablo de ética.
Me refiero a valores universalmente aceptados, valores a los que difícilmente
dejarían de adherirse los gobiernos, los partidos políticos,
las instituciones privadas, las religiones, las empresas o los individuos.
En primer lugar, el respeto a la vida, detrás del cual podrían
venir todos los otros: el respeto a la diversidad, la prédica de la
no violencia, la solidaridad, la paz, la igualdad, la justicia.
Como hipótesis, la excesiva exposición de las
personas, especialmente los niños, a hechos violentos, reales o ficticios,
las insensibiliza en relación con la violencia e inclina a muchas de
estas personas a ignorar el valor fundamental del respeto a la vida. En torno
a este tema existe un debate en el que no todo se ha aclarado. Pero al menos
podemos estar de acuerdo en que basta con la plausibilidad de la hipótesis
para que todos nos sintamos obligados a pronunciarnos y a actuar en ese campo.
No espero que los medios masivos de información y de
entretenimiento se conviertan algún día en anodinos muestrarios
de beatitud, exentos totalmente de alusiones ala violencia. ¿Cómo
podría informarse a la humanidad de hoy y de mañana sobre los
horrendos crímenes del nazismo y del staIinismo sin mostrar la abundante
documentación visual de sus horrores? Evidentemente, hay una gran diferencia
entre exhibir la violencia con el fin educativo de provocar la repugnancia
que merece, y exaltar sistemáticamente la violencia, real o imaginaria,
hasta el punto de convertirla en insensibilidad o en motivo de emulación.
Aun en el supuesto de que en los medios sea imprescindible
una alta dosis de violencia, a los responsables les quedaría siempre
la posibilidad de intentar la equilibrada presentación de lo que podríamos
llamar la contracultura de la violencia. Hasta el momento, en América
Latina no son visibles los esfuerzos por presentar en los medios una réplica
sistemática al heroísmo de la violencia.
Creo que, sin omitir la objetividad informativa, la prensa
puede actuar en el sentido de señalar a la humanidad aquellos peligros
que la propaganda, la publicidad engañosa y la indiferencia logran
mantener ocultos hasta cuando ya no es posible evitarlos.
La libertad de prensa adquiere, en nuestra época, una
importancia sin precedentes, gracias al poder de penetración que han
adquirido los medios de comunicación social. Sin duda alguna dado el
poder que, por esa razón, han alcanzado los medios de difusión
de masas, sin el ejercicio responsable y amplio de esa libertad, todas las
otras libertades esenciales corren peligro de desaparecer. Cada uno de los
derechos ciudadanos, por mucho que la ley lo garantice, es susceptible de
ser conculcado, por error o por mala fe de quienes posean el poder político
y económico. Pero la posibilidad de restitución del derecho
cercenado es mayor ahí donde una prensa libre permite la denuncia,
la puesta en duda y el debate. La prensa libre es, por lo tanto, sustento
básico de todas las libertades.
Ciertamente, el periodismo se ha convertido en un arma contra la corrupción
y la impunidad. Ustedes son periodistas y, de allí que ostenten un
poder extraordinario. Quiero, entonces, su venia para sugerirles que den una
lucha frontal contra la corrupción porque, dentro de cualquier intento
por darle a nuestro futuro una meta y un sentido, debe figurar la lucha por
la transparencia, la veracidad y la credibilidad de quienes dirigen la vida
política y económica de nuestros pueblos. Cuando señalamos
que el futuro nos exige una ética, aludimos sin duda alguna a la grave
perversión de que se ha hecho víctima a la democracia. La corrupción
socava la democracia y la impunidad la destruye.
La corrupción no consiste únicamente en utilizar el poder político
para el enriquecimiento personal no legítimo. La corrupción
es mucho más que la colusión entre servidores públicos
y empresarios, o entre servidores públicos y delincuentes, para sacar
ventajas ilegales o moralmente cuestionables. Hay otras vertientes de la corrupción
que no están expuestas a la sanción legal y no siempre, ni en
todos los lugares, se someten al escrutinio de la opinión pública.
Hay corrupción en la renuncia de los gobernantes y
de los dirigentes políticos a ejercer la función educativa que
les corresponde en una democracia. El doble lenguaje; el decir a los gobernados
sólo lo que estos quieren oír; el no llamar, por mero cálculo
electoral, a las cosas por su nombre, son prácticas que corrompen y
degradan a los individuos, a las sociedades y al sistema democrático.
Es corrupción interpretar que una carrera política
es exitosa sólo si siempre se ganan las elecciones, aunque para ello
haya que ocultar la verdad, o reservarla para el momento electoralmente oportuno,
sin que importen las consecuencias del ocultamiento.
Es corrupto olvidar que la participación en la política
o en el gobierno exige preparación, desprendimiento, voluntad de servir
a los demás y consecuencia entre lo que se predica y lo que se practica,
entre la palabra y la acción.
Hay corrupción en el político o en el gobernante
que confunde sus intereses personales con los intereses del Estado y de la
sociedad.
Hay corrupción cuando los gobernantes y los políticos
utilizan el reparto de privilegios y canonjías para despojar a los
partidos políticos, así como a otras organizaciones civiles,
de sus principios éticos y de su fortaleza intelectual.
Un reto básico para los latinoamericanos es restituirle
a la democracia la capacidad de descubrir y erradicar todos los matices de
la corrupción. Tenemos por delante la tarea de educarnos mutuamente
para no olvidar que, no sólo los gobernantes electos, practican o propician
la corrupción.
También puede ser responsable de corrupción el elector que,
por indiferencia o por cinismo, eleva al gobierno al político corrupto
o evidentemente corruptible. Corresponde al elector buscar en el eventual
gobernante honradez, aptitud, capacidad, veracidad y respeto por esos valores.
Porque quien carece de valores y sólo ambiciona el poder, estará
siempre dispuesto a pervertir los instrumentos de la democracia con tal de
alcanzarlo. La demagogia, que suele nutrirse de ofrecimientos incumplibles
y de verdades a medias, también acaba por corromper a las multitudes.
Y quien se corrompe en el aturdimiento multitudinario, corre el riesgo de
ser irreflexivo en la intimidad del recinto electoral.
No todas las democracias destruidas fueron sepultadas por
los golpistas o los insurrectos. El sufragio es un derecho, pero muchos ciudadanos
olvidan la obligación de ejercerlo con responsabilidad. Éste
no es un problema particular de la democracia latinoamericana. En las elecciones
parlamentarias celebradas en marzo de 1933 en la patria de Beethoven, de Goethe
y de Thomas Mann, el Partido Nacionalsocialista obtuvo legítimamente
una aplastante mayoría. Así quedó abierto el acceso de
Hitler al poder absoluto, el más corrupto de los poderes.
Amigas y amigos:
En muchos lugares de nuestro continente constatamos que un
alto grado de impericia policial, de indiferencia ciudadana, de ineficiencia
judicial y de falta de voluntad política, entorpece ?o hace imposible?
el esclarecimiento de algunos delitos. Surge, ante nosotros, la sospecha de
una agobiante urdimbre de irresponsabilidad, corrupción e impunidad
dirigida a negarnos a todos el derecho de informar y de ser informados. No
es éste el caso de Costa Rica. En las últimas semanas, la Fiscalía
General de la República y la prensa nacional costarricense han hecho
contribuciones extraordinarias al combate contra la corrupción, ya
que han dado a conocer graves denuncias que involucran a altos jerarcas de
instituciones públicas, dirigentes políticos, ex presidentes
de la República y particulares.
En estos momentos la nación costarricense se encuentra
asediada por la incertidumbre; sometida a graves experiencias sociales y políticas
que apuntan, en muchos aspectos, a debilidades y carencias de orden ético
y espiritual de las personas. Si bien es cierto que, en el ámbito global,
la humanidad se enfrenta a retos y amenazas sin precedentes, de los cuales
no se puede sustraer sociedad alguna, no lo es menos el hecho de que el panorama
nacional se encuentra ensombrecido por síntomas de descomposición
y desaliento que nos eran, en lo interno, muy poco familiares.
En este inicio del siglo XXI experimentamos la impresión
de que se encuentran en peligro muchas de las virtud des de la sociedad costarricense
que, hasta hace poco tiempo, el resto del mundo reconocía como dignas
de ser imitadas; como credenciales que nos conferían, pese a nuestra
pequeñez geográfica y demográfica, un gran liderazgo
moral entre las naciones.
Nuestra democracia parece haber perdido credibilidad; la corrupción
ha traído el deterioro de nuestra vida política; los valores
del decoro y la honradez son sustituidos, con desconsoladora frecuencia, por
el cinismo y la ambición; se observan un incremento sin precedentes
de la violencia social e intrafamiliar y una disminución de la religiosidad
y la conciencia cívica. Y, como el peor de los males, resultan notables
el descreimiento y la desesperanza de nuestras juventudes, para las cuales
los estímulos de mayor impacto provienen de un culto al dinero y al
consumismo. Hemos perdido, en gran medida, la capacidad de generar en esas
juventudes el entusiasmo por las ideas básicas de la previsión,
la solidaridad y la compasión.
Sin embargo, tengo fe en las reservas de orden cívico
y moral de mi pueblo, que Ie permitirán recuperarse, en corto tiempo,
de la incertidumbre. En efecto, como lo destacaba Marcela Sánchez de
The Washington Post el pasado 7 de octubre: "La forma en que Costa Rica
ha manejado esta crisis continúa distinguiendo a esta nación...
La medición que del país se haga dependerá de como revierta
la crisis en un cambio positivo".
Tengo fe en que la sociedad costarricense será estimulada
a recuperar la virtud de la previsión, entendida ésta como la
capacidad para velar responsablemente por la suerte de las futuras generaciones,
y para comprender que el descuido, el dispendio y la improvisación
en los que hemos caído constituyen una abierta agresión contra
la calidad de vida de nuestros descendientes.
Tengo fe en que la sociedad costarricense sabrá integrarse
al inevitable proceso de globalización con aplomo y confianza, pero
conservando las grandes virtudes, en particular el sentido de solidaridad,
que han caracterizado a nuestra nación desde su nacimiento.
Tengo fe en que nuestra prensa ha de permanecer libre y vigorosa,
como corresponde en un régimen de libertad y democracia como el nuestro.
Pero la libertad debe ser responsable. En particular durante esta etapa crítica
como la que experimenta hoy nuestro país.
No lamento el poder que tiene la prensa. Lamentarlo sería
como lamentar el haber recibido alguna vez, por mandato del pueblo de Costa
Rica, las potestades del cargo de Presidente. Pero, a diferencia de aquel
poder temporal y bien definido por las normas constitucionales, el poder del
periodista es permanente y, debe someterse, voluntariamente, a ciertos límites.
Esos Iímites deben ser el amor a la verdad, el respeto a la libertad
y el respeto a la dignidad de los demás seres humanos.
Todos conocemos el inmenso poder de los medios de comunicación.
La prensa, la radio y la televisión pueden ser herramientas o armas,
según sea el uso que se les dé. Pueden agigantar la imagen de
un hombre o de un país o sumirlos en la aviación. Sin duda alguna,
el producto del comunicador social se traduce en cambios de conducta de los
receptores de su mensaje. Si el poder de la prensa se utiliza racionalmente,
la sociedad se verá favorecida; si se utiliza con irrespeto y de forma
irreflexiva puede provocar el desastre social. Una prensa libre y objetiva
no es cosa fácil. Frente a la noticia, el periodista debe optar por
la actitud responsable y seria y no por el trato frívolo, debe prevalecer
siempre el análisis sereno e inteligente sobre el comentario superficial
y baladí. Debemos utilizar la libertad de expression con toda responsabilidad.
Finalmente, permítanme un comentario sobre el deber
periodístico del disentimiento, aun cuando a veces éste sea
tachado de provocación. No basta con simplemente enumerar los problemas
del mundo y ofrecer enseguida una que otra solución superficial. Debemos
disentir de un orden internacional que, a lo sumo, ofrece soluciones para
los síntomas y elude la búsqueda de una cura para los males
que afligen a la mayoría de los seres humanos. En palabras de Robert
Kennedy:
Disentimos del hecho de que millones se hallan atrapados en
la pobreza mientras la nación se hace cada vez más rica.
Disentimos de las condiciones y los odios que niegan la plenitud de la vida
a nuestros conciudadanos tan sólo por el color de su piel.
Disentimos de la absurda monstruosidad de un mundo en el que hay naciones
que consideran seriamente la posibilidad de destrucción de otras naciones,
y en el que los seres humanos deben matarse los unos a los otros. Disentimos
del espectáculo de una minoría de la humanidad obligada a vivir
en la pobreza, agobiada por la enfermedad, amenazada por el hambre, y condenada
a una muerte temprana después de una vida de trabajo infatigable.
Disentimos de las ciudades que enajenan nuestros sentidos y convierten la
vida cotidiana en una ímproba batalla.
Disentimos de la deliberada e irresponsable destrucción de lo bello
y lo placentero de la naturaleza.
Y disentimos de todas las estructuras tecnológicas y sociales que privan
al individuo de la dignidad y de la satisfacción de compartir tareas
comunes con su vecindario y su país.
La disensión a la que se refiere Robert Kennedy exige fortaleza, dedicación
y sacrificio. La disensión no es solamente estar en desacuerdo: es
el intento efectivo por cuestionar el status quo. Es función del periodista
oponerse a todo intento por ocultar a los ciudadanos informaciones y opiniones
que pudieran capacitarlos mejor para la toma de decisiones cívicas.
Siempre será valida la advertencia de que el temor a la libre divulgación
de las ideas es, en la democracia, seguro síntoma de debilidad y preludio
probable de la represión. Hágase callar la voz de una mujer
o de un hombre y ya se habrá iniciado el camino hacia el silencio de
todos, incluido el de los periodistas. Imponer restricciones sobre nuestros
pensamientos o empeñar nuestros valores e ideales es socavar la base
de todas las demás libertades. Y la libertad de pensamiento y de acción,
es el don más preciado que un hombre pueda tener pues, tal y como Ie
dijo don Quijote a Sancho Panza:
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a
los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que
encierra la tierra, ni mar encubre: por libertad, así como por honra,
se puede y debe aventurar la vida... que las obligaciones de las recompensas,
de los beneficios y mercedes recibidas, son ataduras que no dejan campear
el ánimo libre i Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo
de pan, sin que Ie quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo
cielo!".
Muchas gracias.