62ª
Asamblea General
Sociedad Interamericana de Prensa
Ciudad de México,
29 de septiembre al 3 de octubre del 2006
Hotel Camino Real
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CONCLUSIONES
De la 62ª Asamblea General
Ciudad de México, México
29 de septiembre al 3 de octubre del 2006
La vigencia de la libertad de prensa experimentó
un grave retroceso durante el último semestre en las Américas,
donde nueve periodistas fueron asesinados y una escalada de amenazas de muerte
y agresiones de todo tipo se abatió sobre decenas de medios y reporteros
de todo el continente.
Tres periodistas murieron en Venezuela, tres en Colombia, dos en México
y uno en Guatemala. Un reportero desapareció y no ha sido localizado
en México durante el período y otros permanecen desaparecidos
desde períodos anteriores. La lista de periodistas asesinados y desaparecidos
en los últimos 12 meses ascendió a 15.
Gonzalo Marroquín,
presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información,
advirtió de que estos asesinatos demuestran que “los esfuerzos
de los diferentes estados americanos tienen pocos frutos en la lucha contra
la impunidad en los crímenes contra periodistas”. Marroquín
hizo un llamado a “la unidad gremial” y a las sociedades civiles
del continente “para que se sumen en la lucha por defender la libertad
de expresión de nuestros pueblos”, ante la gravedad de la situación.
Cuba (donde la cifra de periodistas encarcelados con penas de hasta 27 años
de prisión asciende ahora a 26), Venezuela, Colombia y México
encabezan la nómina de naciones donde el ejercicio del periodismo es
más peligroso.
En México, la tarea
periodística, particularmente en la frontera con Estados Unidos, se ha
vuelto cada vez más peligrosa. Muchos periodistas viven amordazados y
amenazados. El narcotráfico ha corrompido a policías locales,
estatales y federales, a alcaldes, jueces, maestros y sacerdotes, a conductores
de taxis y a empleados de hoteles y, también, a periodistas. Desde 1982,
53 reporteros y columnistas mexicanos has sido asesinados. Desde el 2000, la
cantidad de asesinatos de periodistas asciende a 23 y otros tres permanecen
desaparecidos. Además, la libertad de prensa es restringida en diversas
regiones del país, donde autoridades locales se resisten a erradicar
actos autoritarios contra periodistas independientes, a los que presionan políticamente,
los acosan con acciones de presunto carácter legal o incluso los agreden
físicamente.
En Venezuela, la libertad de expresión, los medios de comunicación
y los periodistas enfrentan un marco legal y situaciones de hecho cada vez más
restrictivas para el ejercicio del periodismo. El derecho de los ciudadanos
a expresarse libremente sin ser molestados a causa de sus opiniones, a recibir
informaciones y a difundirlas por cualquier medio de expresión está
siendo sistemáticamente vulnerado por el gobierno.
En un estadio diferente al que se vive en Colombia, Cuba, México y Venezuela
(porque no aparece la brutalidad de la muerte), pero no por ello menos preocupante,
las más diversas acciones de hostigamiento contra el trabajo de medios
y periodistas, el acoso físico y verbal y la aplicación de métodos
sutiles pero efectivos en procura de amedrentar a los profesionales, se multiplicaron
en forma alarmante en la mayoría de los países durante el semestre.
Una costumbre que parece estar expandiéndose en las Américas es
el señalamiento público desde la cúspide del Poder Ejecutivo
a los medios y periodistas que “molestan”. Eso lo hacían
hace 30 años las dictaduras militares que asolaron la región pero
incluso, hasta por eso mismo, era más sencillo que todo el mundo entendiera
que había allí un intento por cercenar la libertad de prensa.
En cambio, cuando esa práctica es asumida por gobiernos surgidos de elecciones
libres y justas, la comprensión de las sociedades en cuanto a que estos
también significan sistemas de acoso que restringen severamente la libertad
de informar y el derecho del público a ser informado, se hace más
difícil.
Como ha escrito el periodista argentino Joaquín Morales Solá en
el diario “La Nación” de Buenos Aires sobre lo que ocurre
en su país, en Argentina no existen decretos ni resoluciones que atenten
contra la libertad de expresión y, sin embargo, “hay cada vez menos”
libertad de expresión en Argentina y “muy pocas veces se vivió
un clima de tanta asfixia desde la restauración democrática, hace
casi 23 años”.
Así, en países con gobiernos legítimamente electos, como
los de Argentina, Bolivia, Colombia, Honduras, Uruguay y Venezuela, funcionarios
de alta jerarquía se han encargado de señalar públicamente
a medios concretos cuyas informaciones u opiniones les incomodan. Estos gobiernos
parecen olvidar que si un presidente u otro gobernante ataca a un medio o a
un periodista y lo tilda públicamente de “enemigo” u “opositor
no electo”, además del propósito claro de mellar su credibilidad,
está alentando a que funcionarios de cualquier jerarquía pero
con el poder estatal suficiente procedan contra esos medios o periodistas. Esto
ya ha comenzado a suceder en varios de esos países.
En Argentina, eso es muy claro. Casi desde que asumió el poder, hace
tres años, el presidente Néstor Kirchner señala cada vez
que puede, con nombre y apellido, a determinados medios y periodistas, en actos
públicos que predisponen a las masas en contra de esos medios y periodistas.
Las consecuencias son amenazas más o menos anónimas contra esos
medios y periodistas, así como el surgimiento de grupos violentos afines
al presidente que, al mejor estilo de las bandas fascistas de antaño,
ejercen actos intimidatorios contra la prensa no adicta. “Las palabras
violentas preceden a los actos violentos”, ha escrito Morales Solá.
Esto se repite, con mayor o menor intensidad, con los gobiernos de Bolivia,
Colombia, Honduras, Uruguay y Venezuela. En los casos de Bolivia, Colombia,
Honduras y Uruguay, los propios presidentes han asumido personalmente la tarea
de confrontar públicamente con medios de comunicación y periodistas,
evidenciando rasgos de autoritarismo que demuestran su incapacidad para adecuarse
al funcionamiento de la prensa independiente. En particular, en Bolivia el gobierno
del presidente Evo Morales está creando su propia red de medios de comunicación
con el supuesto apoyo financiero del gobierno de Venezuela.
La “guerra contra el terrorismo” sigue cobrándose víctimas
en el campo de la libertad de prensa. El gobierno de Estados Unidos ha mantenido
detenidos por períodos prolongados a reporteros en Irak sin presentar
cargos contra ellos y ha criticado directamente a los medios para que no revelen
información que es considerada “sensible”. En esa línea,
algunos tribunales de justicia estadounidenses siguen aplicando mano dura contra
los periodistas que se rehúsan a revelar sus fuentes informativas. Seis
de ellos fueron multados o enviados a prisión por ese motivo en el último
año, con penas de hasta 18 meses de cárcel.
Durante el semestre, las intimidaciones de todo tipo contra periodistas provenientes
tanto desde el poder estatal como de organizaciones criminales, han proliferado
como hongos. Sólo en Colombia, en los últimos seis meses 45 periodistas
fueron amenazados de muerte. Esto se repitió en Brasil, donde una veintena
de periodistas y empleados de medios de comunicación recibieron amenazas
de muerte, fueron mantenidos como rehenes o fueron agredidos a golpes, dos periódicos
fueron invadidos por policías para terminar uno incendiado y el otro
confiscado, la justicia censuró a un diario, requisó una revista,
prohibió informar sobre una conversación entre dos políticos
y obligó a dos diarios a publicar textos desproporcionadamente extensos
como “derecho de respuesta”, y dos periodistas fueron baleados.
Además, cinco periodistas guatemaltecos, cuatro paraguayos, tres peruanos,
dos argentinos y uno uruguayo recibieron amenazas contra sus vidas, un reportero
de Guatemala fue baleado, dos periódicos ecuatorianos y uno paraguayo
fueron atacados a tiros, y las Cortes de Justicia de Costa Rica, Perú
y Uruguay adoptaron decisiones netamente contrarias a la vigencia de la libertad
de prensa. En México, por primera vez fueron atacados a tiros y con explosivos
las sedes de cuatro periódicos.
La distribución arbitraria de la publicidad oficial sigue siendo un problema
muy serio en Argentina, donde el gobierno continúa con su política
de utilizar los recursos públicos para “premiar” a los medios
afines y “castigar” a los críticos o independientes. En Chile,
este tema comenzó también a preocupar al Parlamento, que decidió
investigar cómo se distribuye la publicidad estatal.
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