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57 Asamblea General
Washington, D.C.,octubre 12-16, 2001
Informe presidencial del presidente de la SIP,
Danilo Arbilla, Búsqueda, Montevideo, Uruguay, ante
57a Asamblea General
Washington D.C.
15 de octubre de 2001
Aquí estamos. Normalmente, como si nada
hubiera pasado, pero por sobre todo, porque ha pasado mucho. Esta asamblea,
y la presencia de 400 miembros de la Sociedad Interamericana de Prensa en Washington,
se enmarca en la mejor historia de la sociedad y define su invariable tradición
de estar presente y en primera línea en los momentos difíciles
y más cuando es necesario pelear por la libertad.
Pocas horas después de los brutales atentados terroristas del 11 de septiembre,
en un editorial, recordábamos a nuestros lectores uno de los mejores
discursos de Abraham Lincoln, comparable a su oración de Gettysburg,
pronunciado tras su reelección como presidente de este país ocurrida
durante el transcurso de la guerra civil norteamericana.
Palabras más palabras menos, decía el presidente Lincoln en aquella
ocasión: en algún momento nos preguntamos si era posible realizar
una elección en medio de una guerra. Pero la respuesta no podía
admitir dudas: ni aun la guerra es un motivo suficiente para privarle al pueblo
de su legítimo e inalienable derecho a decidir quién en su nombre
ocupará el gobierno. Si no hubiéramos hecho la elección
- advertía Lincoln- el enemigo podía haber dicho que nos había
ganado la guerra. Pero la elección se hizo, y hemos demostrado al mundo,
que aun en las peores circunstancias, aun en medio de una guerra no hay ninguna
razón suficiente para limitar el derecho y las libertades de los ciudadanos.
¿Qué más se puede agregar?
Inspirado en ese pensamiento, días después del repugnante golpe
terrorista contra los hombres libres y contra la humanidad toda perpetrado aquí
en Estados Unidos, nos dirigimos a todos nuestros consocios ratificando la convocatoria
y la realización de nuestra 57a Asamblea Anual. Dijimos que ésta
era la mejor y la más firme respuesta al terrorismo. Resaltamos que si
la asamblea se suspendía sería un nuevo triunfo del terrorismo,
sería, dijimos, como si se derrumbara un edificio más tras la
caída de las Torres Gemelas.
Pero la Asamblea se hizo, se está haciendo y, sin duda, constituye en
sí misma un inmenso aporte en la lucha por la libertad y contra el terrorismo
y marcará para siempre uno de los momentos más dignos en la historia
de nuestra organización.
Y ustedes son los protagonistas de este magnifico instante en la historia de
la SIP y en su lucha por la libertad. Gracias por venir, gracias por estar aquí,
gracias por no haber dado ni un paso atrás.
Estamos aquí para decir no al terrorismo y sí a la libertad. Estamos
aquí para decir que sabemos que el enemigo ataca todo lo que nosotros
defendemos y que lo hace de la peor forma: que no da la cara, que lo hace a
traición, que no le importan las vidas inocentes, que no tienen límites.
Pero también sabemos que nuestra causa es justa y que a la larga, y no
tan a la larga, vencerá y que por ello no nos amilana el ataque sufrido
ni algunos otros ataques que puedan realizar. No vamos a ceder, ni vamos a perder
la serenidad ni la paciencia; no podemos hacerlo, y mucho menos nos vamos a
parecer o a igualar con ellos, sus métodos y sus ideas.
El terrorismo es como la peor forma de chantaje. Como la manifestación
más sucia de esta práctica que pretende someter a los hombres.
Solo la firmeza, la calma, la tranquilidad de nuestra conciencia, la fe en nuestra
conducta y nuestras ideas, vence al chantaje. Es preciso, empero, hacerse fuerte
y aguantar los primeros embates; los argumentos del chantajista aunque por bajos
y sucios parecen insoportables, si no negociamos ni transamos, siempre son débiles
y se agotan muy rápido. Lo mismo pasa con esta forma criminal de chantaje
que es el terrorismo.
Pero, al mismo tiempo que debemos mantener una conducta firme en el enfrentamiento
contra la intolerancia, igual firmeza debemos guardar en la defensa de la tolerancia.
La guerra no nos puede hacer olvidar otras cosas. Y mucho menos perderlas, ni
siquiera transitoriamiente.
Los terroristas, los fanáticos, los fundamentalistas y totalitarios buscan
acabar con la libertad y muchas veces lo logran mejor con su propia derrota.
Son suicidas pero no siempre en vano. Muchos de los que estamos aquí
los hemos vivido en carne propia.
Muchas veces, lamentablemente demasiadas, tras los terroristas de un signo aparecen
los terroristas del otro, tras el terrorismo guerrillero aparece el terrorismo
de Estado, tras los Senderos Luminosos surgen los Montesinos.
Y para cuidarnos de ello y luchar contra ello también estamos aquí
y bajo ningún concepto ni entusiasmo que inflame nuestro pecho vamos
a soslayar nuestros propios problemas, nuestras propias faltas, y no vamos a
dejar de señalarlas ni denunciarlas. Como dijimos desde un principio,
la lucha por la libertad es, a la vez, la lucha contra el terrorismo.
Este tema de la guerra nos atañe a todos, pero a nosotros como periodistas
nos atañe aún más, por cuanto afecta en todos sus extremos
nuestro trabajo y la esencia de nuestra profesión.
Hace ya muchos años se ha dicho y comprobado que en la guerra la primera
víctima es la verdad. Y para que eso no sea tan así es que también
estamos aquí.
En lo que nos compete hemos pasado revista a los problemas de libertad de prensa
en nuestros países, los hemos denunciado y haremos las reclamaciones
y plantearemos todas las protestas que sean necesarias.
En lo que hace a la situación del país sede, Estados Unidos, hemos
consignado con alarma algunas decisiones judiciales que nos preocupan y que
entendemos violan la libertad de prensa y conspiran contra los principios más
sagrados de esta nación.
Se han intervenido las llamadas telefónicas de un periodista. En la cárcel
de Houston desde hace tres meses, como si fuera una criminal más, está
Vanessa Leggett, una periodista y escritora independiente que se negó
a revelar sus fuentes a un magistrado. No nos olvidemos de ellos. Por favor,
que la guerra no nos haga dejar de lado ese tema. No es un tema menos importante,
sino que es parte de la discusión sobre libertad de prensa que nos atrapa
en estos días a raíz de los pedidos y pretensiones del gobierno
de los Estados Unidos, respecto a la labor informativa de los medios y periodistas
y en relación a la conducta de éstos en las actuales circunstancias.
Y en cuanto a esa discusión a que hacemos referencia, tampoco la vamos
a soslayar.
Pienso que para contribuir positivamente al tema, no debemos aprovechar las
circunstancias para proyectar en otros nuestras propias faltas y carencias ni
rasgarnos las vestiduras y sí debemos, en cambio, y de una vez por todas
dejar de lado los dobles discursos. En fin, creo que como primera cosa, debemos
separar la paja del trigo.
No me gusta que el gobierno de Estados Unidos, o cualquier gobierno, haga pedidos
o veladas recomendaciones a los medios, a sus dueños o a las periodistas.
Pero no puedo dejar de remarcar la diferencia con muchos otros gobiernos, por
lo menos en nuestro continente, que en circunstancias por cierto mucho menos
extremas, decididamente ordenan o prohíben la información. Eso
es así, y no podemos negarlo.
Quienes hemos sufrido la censura, sabemos que lo primero que se censura es la
existencia de la propia censura. También aquí la diferencia es
importante: planteado el pedido de inmediato fue de conocimiento y discusión
públicos. Ni el gobierno impuso órdenes ni los responsables de
los medios escondieron los que se les había pedido.
Lo primero que ha estado en juego aquí, es la obligación de los
gobernantes de dar cuenta diaria de sus actuaciones a sus mandantes. El gobierno,
por razones que entiende muy valederas, estima que hay temas que no deben ser
conocidos, por lo menos momentáneamente, por los ciudadanos. Si está
bien o está mal eso lo resolverán los ciudadanos en su momento.
Pero lo bueno es que lo ciudadanos lo sepan. Esto es que sepan que su gobierno
quiere mantener en reserva determinados temas por determinadas razones.
Mientras tanto, los periodistas tenemos que tratar de buscar la mayor información
posible. Incluso aquella que pueda considerarse peligrosa, porque nunca será
más peligrosa que la existencia de una fuente que está dispuesta
a dar a conocimiento público un dato considerado secreto de estado y
que hace a la suerte de la propia existencia de la nación. Si se la da
a un periodista, sin duda hace rato ya que se la dio al enemigo.
Pero habrá quienes entiendan que este es un tema discutible. Vale la
pena la discusión. Pero aquí quiero hacer hincapié en que
la discusión será valida si dejamos de lado el doble estándar.
Es preciso medir con una misma vara: es posible señalar omisiones, producto
de un sentimiento patriótico que domina a algunos colegas e incluso observar
que en ellos predomina la militancia por sobre el ejercicio de la profesión.
Pero no podemos dejar de decir que muchos de los que eso critican dan vuelta
la cara frente a otras temas pendientes y otras formas de conducta: por ejemplo,
lo poco que se ha difundido el involucramiento del ex presidente francés,
Francois Mitterrand, en los crímenes cometidos en Argelia; o la cobertura
permanente que se da al tema de los desaparecidos en algunos países del
Cono Sur y cómo se ignoran los cientos de desapariciones en México,
un lugar de refugio de cierta intelectualidad y de cuyos ex presidentes y de
la corrupción poco se habla y menos se hace mientras se castiga sin pausa
a los ex gobernantes de países vecinos.
No podemos obviar el léxico que usan determinados medios de países
europeos y desarrollados cuando hablan de sus terroristas, a los que califican
como bandas de delincuentes, mientras que poco menos hacen la apología
de los terroristas de América Latina y de quienes los alimentan y que
incluso llegan a tener entre sus colaboradores a los mayores testaferros de
este terrorismo.
Sin duda el periodismo norteamericano tiene un problema y lo discute. El mayor
problema es que tienen en juego la credibilidad y ella dependerá de cómo
actúen. El mayor problema es que tienen en juego la credibilidad y ella
dependerá de cómo actúen. Las presiones y las premuras
y hasta los sentimientos y los dolores de hoy pueden ser los enemigos de la
credibilidad de mañana.
Creemos en definitiva que la única política correcta es informar
todos los hechos y buscar acercarse a la verdad que es a la vez la mejor propaganda
para los medios, para los ciudadanos y para la democracia y la libertad.
Hemos visto que esta es una posición muy fuerte entre los periodistas
y los medios norteamericanos y creemos que saben bien cuál es el camino.
No todos, sin embargo, lo entienden así. Y con respecto a estos hemos
visto y oído algunas cosas que nos preocupan mucho, que ponen en tela
de juicio la credibilidad de algunos medios y responsable de ellos y que también
marcan un peligroso y censurable doble discurso.
Tras el pedido gubernamental hay quienes han aceptado determinados criterios
limitativos, diciendo que no están dispuestos a servir como vía
para los mensajes de los terroristas. Es notorio, además, que los medios
norteamericanos no han mostrado imágenes truculentas ni de sangre tras
la tragedia. Es posible que la hayan considerado una buena medida para no generar
más rabia, más dolor o pánico o meramente para no herir
la sensibilidad de la población. Es una posición legítima
y puede ser aceptable por muchos. Lo inaceptable es que esos mismos medios no
hayan tenido reparos para dar las imágenes con cadáveres y heridos
del accidente ocurrido hace unos días en Milán. Con ese punto
de vista tampoco es legítimo que manejen continuamente imágenes
muy fuertes y truculentas sobre las desgracias y las tragedias de los países
en vías de desarrollo o decididamente pobres, de los que tienen hambre.
Por otro lado, yo me pregunto qué harían esos mismos directores
o periodistas si los gobiernos de países donde existen guerrillas les
pidieran que no difundieran lo que éstas dicen, porque puede tratarse
de mensajes en código para sus partidarias o si les dijeran que cuidaran
la información no ya para hacerles la apología sino meramente
para no hacerles propaganda.
Creo que también ése es un tema sobre el cual deben reflexionar.
En lo personal, insistimos en que la única política es decir la
verdad, siempre, en todos los casos. Es a la vez la única y más
efectiva forma de luchar contra el terrorismo sin sacrificar la libertad.
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