Reunión de Medio Año





 

 
57 Asamblea General
Washington, D.C.,octubre 12-16, 2001

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Discurso del nuevo presidente de la SIP,
Robert J. Cox, The Post & Courier (Charleston, EEUU),
ante la 57ª Asamblea General de la SIP
Washington D.C.
16 de octubre, 2001


Todo ha cambiado, dicen, desde el apocalipsis del 11 de septiembre. Apocalipsis es, sin duda, una palabra resonante. Se me ocurrió en medio de la noche, cuando trataba de resumir en una sola palabra los acontecimientos del 11 de septiembre. Pero apocalipsis no se ajusta al caso. El horror de ese día no fue el preludio del armagedon. Fue la lógica, aunque previamente inimaginable, intensificación del terrorismo. Inimaginable porque, ¿quién hubiera podido presagiar que seres humanos pudiesen ser capaces de una malevolencia tan horrenda, de denegar nuestro vínculo común de humanidad?
De no haber sido por esa falta de imaginación, pudo haberse anticipado y, tal vez, prevenido.
"Imagínense un día cálido y soleado en Washington, D.C. El primer ministro de Israel está de visita y va a reunirse con el presidente. A las 11 de la mañana, el líder de una desconocida secta musulmana y varios de sus secuaces irrumpen con pistolas y machetes en las oficinas de B'nai B'rith, una organización asistencial judía. Otros tres miembros del grupo ocupan el Centro Islámico capitalino. Dos fanáticos más invaden el Ayuntamiento de Washington, asesinando en el proceso al reportero de una radioemisora. En total, en tres edificios los terroristas toman a 134 personas en rehenes a punta de pistola, las obligan a tirarse al piso y amenazan con matarlas si no se responde a sus exigencias".
Ese escenario ha sido extraído de un discurso que la fallecida Katharine Graham dirigió ante la Unión de Habla Inglesa, como parte de la Conferencia Churchill, el 6 de diciembre de 1985. El tema era "El terrorismo y los medios de información" y describía un ataque terrorista que, de hecho, ocurrió aquí, en Washington, el 9 de marzo de 1977, el día en que el primer ministro Yitzhak Rabin se reunía con el presidente Jimmy Carter.
Los musulmanes hanafi finalmente se rindieron y no hubo más muertos. La señora Graham pasó a definir el terrorismo de manera sucinta: "Es la violencia contra inocentes, a fin de lograr objetivos por lo general políticos".
Esa definición es tan válida hoy, como otros comentarios de la señora Graham, especialmente cuando dijo:
"Creo que el daño de restringir la cobertura de noticias excede, con mucho, los males de difundir información errónea o perjudicial. Creo que lo que está en juego es la libertad misma, la libertad que Churchill defendió con memorable elocuencia y heroica firmeza".
"Si los terroristas logran privarnos de la libertad, su victoria será mucho mayor que la que esperaban y mucho peor de lo que nosotros jamás temíamos. Que eso jamás suceda".
Es el terrorismo, la violencia contra inocentes para lograr poder político y denegar la libertad, precisamente contra lo que la Sociedad Interamericana de Prensa ha estado luchando desde su creación, hace 57 años.
En la recepción de bienvenida el sábado pasado, el hijo de la señora Graham, Donald, recordó la última ocasión en que la SIP se reunió en Washington hace 32 años. Y dijo, generosamente, que quienes hemos vivido y trabajado en América Latina hemos pasado por momentos mucho más difíciles y peligrosos.
En algunas ocasiones los periodistas intercambian historias de peligro y dificultades. En los días tenebrosos de la guerra sucia en Argentina, cuando yo era director del Buenos Aires Herald, los periodistas que llegaban de visita me decían con frecuencia que se sentían en cierta medida fuera de lugar, porque no se enfrentaban a las amenazas que eran el pan nuestro de cada día.
Pues bien. Ahora estamos todos en la misma barca. El terrorismo es, en verdad, virulentamente global. Es un irónico cambio que algunos latinoamericanos digan ahora que se sienten más seguros en sus países que en Estados Unidos.
Pero la verdad es que nadie está más seguro en ninguna parte. Esa certeza debería, y estoy seguro de que así será, acercanos más en nuestra defensa de la libertad a través del continente.
El precio que los periodistas han pagado por defender la libertad es elevado. En cada una de nuestras reuniones recibimos una nueva cifra de muertos. Desde nuestra Asamblea General de 2000, 18 periodistas han sido asesinados en siete países, 10 de ellos en Colombia.
La SIP está contraatacando con dos iniciativas que yo me propongo continuar con todo mi vigor: La Comisión de Impunidad y el proyecto de Periodistas en Riesgo. La primera está llevando a los asesinos ante la justicia, el segundo buscará las maneras de frenar los continuos asesinatos de los mensajeros.
También continuaré la tarea de promover la Declaración de Chapultepec, nuestra Carta Magna de Libertad.
Recordemos que mucho antes de esas importantes iniciativas, por las cuales estamos endeudados con la Fundación Knight y la Fundación Robert R. McCormick Tribune, la SIP estaba salvando vidas. Muchos periodistas han rememorado las palabras que pronunció en 1962 el ahora fallecido Demetrio Canela, un periodista boliviano quien dijo, sencillamente: "Debo no sólo mi libertad, sino que también mi vida, a la Sociedad Interamericana de Prensa".
Esta organización cuenta con mártires y héroes genuinos, a pesar de lo cual posee la imagen, afortunadamente ya algo desvanecida a la fecha, de ser un "club de ricos".
Adiós a ese mito. Creo que puedo decir, con absoluta certeza, que soy el presidente más pobre en la historia de la SIP -tanto desde antes como después de la declinación de la bolsa. Ustedes habrán escuchado la famosa respuesta de Hemingway a la observación de Scott Fitzgerald de que los ricos son diferentes: "Sí, tienen más plata".
Pues bien, los miembros de nuestro club de ricos se empobrecen con rapidez, porque se pagan sus gastos a donde quiera que vayan y por cualquier cosa que hagan cuando ofrecen sus servicios a la SIP. Eso lo hacen, en verdad, gratuitamente.
La descripción de la SIP como un club de acaudalados propietarios de periódicos es falsa. Sin embargo, nos gustaría incorporar a nuestro seno a más periódicos pobres. En fecha tan lejana como 1960, Mary Gardner, una muy admirada catedrática de periodismo que escribió la primera historia de la SIP, destacó que la asociación tendía a atraer las publicaciones más grandes y ricas de América Latina. Cuando yo fui director y presidente del Buenos Aires Herald creí que no podía justificar los gastos de pagar la cuota de miembro y de asistencia a las reuniones. Di prioridad a los salarios del personal. Creo que debe haber muchos periódicos en la misma situación. Como James Wolfehnson, presidente del Banco Mundial, nos lo dijo de manera tan elocuente: "Después de los acontecimientos del 11 de septiembre sólo hay un mundo". Me parece que debemos de hacer otro esfuerzo para reducir las barreras económicas que hacen tan difícil la participación de publicaciones pequeñas. La SIP, por supuesto, está trabajando con el Banco Mundial para la celebración en abril de un seminario acorde a la misión del banco de mejorar la vida de los pobres.
También me gustaría intensificar nuestros esfuerzos para explicar el funcionamiento interno de nuestra organización. Debemos proteger y honrar las tradiciones de esta grandiosa institución, pero he creído en ocasiones que la SIP se asemeja a veces al laberinto creado en la mente universal de Jorge Luis Borges. Los nuevos miembros necesitan lineamientos sobre las formas de nuestra compleja democracia. Si puedo arreglármelas para descubrir cómo funciona, voy a transmitir ese conocimiento.
Debería de hacerles la debida prevención de que he sido un enconado crítico del mal periodismo. En mi experiencia he visto a veteranos y respetados periódicos acobardarse ante las autoridades y convertirse en cómplices de dictaduras, al denegar información a sus lectores. El fenómeno de "los desaparecidos" se explica, en gran parte, por el hecho de que algunos periódicos importantes no dieron a conocer lo que estaba pasando o denunciaron el terrorismo de Estado. También me ha asombrado el grado de corrupción institucionalizada entre periodistas.
Las circunstancias especiales de esta Asamblea General me permiten manifestar mi admiración por dos excelentes periódicos de Argentina que valientemente se resistieron a las presiones dictatoriales y a las amenazas. Me refiero al diario El Día, de La Plata, y al diario Río Negro.
La intensificación del terrorismo global es un reto al que debemos responder. Dentro de nuestra organización tenemos a muchos expertos, cuya pericia se basa en experiencias personales, a quienes debemos llamar. Pienso, en particular, de nuestros colegas peruanos que confrontaron a Sendero Luminoso, quizá el más salvaje grupo terrorista que el mundo haya visto -antes de que Osama bin Laden y Al Qaeda surgieran en el escenario.
Estos son momentos difíciles y peligrosos, pero muchos de nosotros jamás hemos conocido otra cosa que épocas difíciles y peligrosas. Es por eso que cualquier cosa que el futuro guarde para nosotros, será asunto de rutina para la SIP.
Me esforzaré al máximo por continuar la labor de los hombres -y, lástima, hasta la fecha de sólo una mujer- que me han precedido en servirles. Ahora, a quienes me acompañarán en mis labores. No hay sorpresas. Tenemos un excelente equipo. He pedido a todos los presidentes y vicepresidentes de comisiones y a los miembros de las comisiones que continúen con su valioso trabajo para la SIP. Agradezco particularmente a Scott Schurz, quien ha sobresalido como presidente de la Comisión El Diario en la Educación. El ha accedido a sustituir a Gregory Favre, quien se ha retirado, como presidente de la Comisión de Nuevos Socios para Estados Unidos y Canadá. Scott es la persona más indicada para este crucial cargo. Debemos aumentar el número de nuestros miembros en Estados Unidos y Canadá. Y me gustaría solicitarles que le ayuden. Roger Parkinson, el único canadiense presente en nuestra reunión, pasará a ocupar la presidencia de la Comisión El Diario en la Educación. Bruce Brugmann sustituirá a nuestro nuevo secretario, Bob Caldwell, como presidente de la Comisión de Sedes Futuras.
Agradezco a todos aquellos que han tenido un papel en otorgarme este grandioso honor y desafío. Me gustaría expresar mi amor y gratitud a mi esposa, Maud, y a Victoria, la mayor de nuestros cinco hijos, quienes se encuentran aquí esta noche, por su respaldo a través de nuestros años difíciles en Argentina y en el exilio, antes de que nos asentásemos en Charleston, Carolina del Sur. Tengo una deuda enorme de gratitud con Peter Manigault, quien me trajo a la SIP, y quien respaldó sin ambages al Buenos Aires Herald. Peter siempre inquiere sobre sus amistades aquí. La SIP sigue siendo preciada para él.
Voy a terminar con palabras que nada más necesitan decirse en un solo idioma:
¡Viva la Vida!
¡Abajo la muerte!
Acompáñenme, por favor, en un brindis por la libertad de prensa y por la libertad del temor.

 


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