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Reunión
de Medio Año
Ciudad de Panamá ,Marzo 11-14, Panamá
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ESTADOS
UNIDOS
La guerra
contra Irak, encabezada por Estados Unidos, y el incremento de los niveles de
seguridad dentro de Estados Unidos y la presión para identificar fuentes
confidenciales siguen dominando los temas de libertad de prensa tanto dentro
como fuera del país.
Según
el último conteo efectuado por el Comité para la Protección
de Periodistas, 26 periodistas y empleados de medios tanto iraquíes como
extranjeros han sido asesinados durante el conflicto iraquí, ya sea por
tropas norteamericanas, milicianos armados, o bombas terroristas.
En el último
escándalo relacionado con abusos de prisioneros, cuatro empleados iraquíes
de organizaciones noticiosas de occidente declararon que fueron víctimas
de maltratos en enero del 2004 en una base norteamericana en Irak. Tres de ellos
trabajan para Reuters y uno para NBC News.
Las acusaciones
fueron desde un inicio desestimadas por el Pentágono, inclusive antes
de ordenar la investigación correspondiente. Reuters y NBC han expresado
su frustración por lo que describen como una investigación incompleta
y falta de respuesta por parte del Pentágono.
Las acusaciones
incluyen informes de abusos similares a las realizadas en Abu Ghraib. Los cuatro
hombres fueron arrestados el 2 de enero, luego de que trataran de informar sobre
el helicóptero norteamericano caído cerca de Faluya. Fueron retenidos
por tres días, a pesar de que el ejército recibió notificación
inmediata que indicaba que se trataba de empleados de medios.
Los tres
empleados de Reuters han sido identificados como Salem Ureibi, de 54 años,
camarógrafo, Ahmad Mohammed Hussein, de 26 años, y el chofer de
éstos, Sattar Jabar, de 26 años.
Los cuatro
hombres manifiestan que sufrieron abusos físicos mientras estuvieron
detenidos en la Base Operativa de Avanzada de Volturno. Aducen que se les privó
del sueño, fueron golpeados por soldados norteamericanos, amenazados
con violación sexual y fotografiados mientras los obligaban a simular
actos sexuales.
En el caso
Valerie Plame, en curso, relacionado con fuentes confidenciales, la Corte de
Apelaciones del Circuito de Washington DC dictaminó el 15 de febrero
que los reporteros de The New York Times y de la revista Times podrían
ser encarcelados si persisten en negarse a responder preguntas sobre sus fuentes
ante un gran jurado.
El abogado
de los dos reporteros, Judith Miller y Matt Cooper, declaró que pediría
a la corte de apelaciones que revierta el dictamen o, de lo contrario, elevaría
el caso a la Corte Suprema, de ser necesario. En este caso, el gran jurado está
investigando si un funcionario administrativo reveló, a sabiendas, la
identidad de un agente secreto de la CIA.
La investigación
se inicia porque en una columna de Robert Novak se menciona el nombre de Plame,
cuyo esposo es el ex embajador Joseph C. Wilson IV, crítico de la política
de Bush en Irak. La revelación de la identidad de un oficial secreto
de inteligencia puede constituir un delito federal, si es que la fiscalía
demuestra que tal revelación fue intencional.
El 7 de
octubre, el juez federal de Washington DC, Thomas F. Hogan, declaró a
la reportera norteamericana Judith Miller, de The New York Times, en desacato
por negarse a revelar sus fuentes confidenciales a los procuradores que investigan
la filtración oficial. Hogan ordenó a Miller a permanecer en la
cárcel hasta que acepte declarar sobre sus fuentes ante un gran jurado.
Sin embargo, se le permitió permanecer en libertad mientras su abogado
apela el dictamen de la Corte.
El 13 de
octubre, el mismo juez dictó pena de prisión de hasta 18 meses
para el reportero Matthew Cooper, de la revista Time, y una multa de $1,000
diarios para la revista mientras éste se rehúse a testificar.
El juez también suspendió la sentencia hasta conocer el resultado
de la apelación.
Antes de
ello, Cooper había aceptado declarar ante el gran jurado con ciertas
limitaciones, luego de que una de sus fuentes, el asistente vicepresidencial
Lewis “Scooter” Libby, lo eximiera de su compromiso de confidencialidad.
Sin embargo, posteriormente, un procurador ad hoc le emitió una segunda
citación más amplia exigiendo los nombres de las otras fuentes.
Tanto Miller
como el director ejecutivo del The New York Times, Bill Keller, han manifestado
que no aceptarán declarar bajo tales circunstancias.
En otro
caso similar, el juez federal de Nueva York Robert Sweet dictaminó que
bajo la ley federal The New York Times sí tenía derecho de proteger
la identidad de sus fuentes, por lo que podía negarse a revelar sus registros
telefónicos al procurador Patrick J. Fitzgerald, quien ha sostenido que
necesitaba dichos registros para una investigación del gran jurado sobre
mala conducta gubernamental al revelar a dos reporteros, Judith Miller y Philip
Shenon, acciones inminentes del gobierno contra dos organizaciones benéficas
islámicas. El procurador sostiene que los reporteros alertaron a dichas
organizaciones sobre unas incursiones inminentes. Los reporteros aducen, por
su parte, que ellos realizaban sus tareas de obtención de información
como de costumbre.
Es probable
que el dictamen de la corte de apelaciones acelere las acciones del Congreso
con miras a aprobar una ley “escudo” que permita a los reporteros
proteger la identidad de sus fuentes. Un creciente número de periodistas
vienen enfrentando órdenes judiciales y amenazas de cárcel en
una gran variedad de casos.
En diciembre
de 2004, un juez federal sentenció a Jim Taricani, reportero de Providence
TV, a seis meses de arresto domiciliario por desacato, luego de que se rehusara
a revelar quién le había proporcionado una copia de un vídeo
en el que se veía a un funcionario municipal aceptando un soborno de
un informante secreto de la FBI.
En agosto
de 2004, un juez declaró a cinco reporteros en desacato y los multó
con $500 diarios por negarse a decir quién les dio información
sobre Wen Ho Lee, el ex físico nuclear del Laboratorio Nacional de Los
Alamos, Nuevo México. Lee, de quien se sospecha haber sido espía
aunque nunca fue acusado de ello, ha demandado al gobierno por haber revelado
información confidencial sobre su persona.
El verano
pasado, la procuraduría federal exigió a tres reporteros del San
Francisco Chronicle y a otros dos del San Jose Mercury News revelar quién
había filtrado información sobre una investigación que
realizaba el gran jurado acerca de la distribución ilegal de esteroides
por parte de BALCO, Bay Area Laboratory Corp.
Un gran
jurado de Chicago está investigando una filtración de información
sobre un allanamiento que el FBI planeaba hacer a la fundación Global
Relief, una organización caritativa islámica sospechosa de financiar
el terrorismo. Los representantes de dicha institución han dicho que
unos reporteros que los habían llamado para entrevistarlos les pasaron
el dato un día antes del 14 de diciembre del 2001. El fiscal Patrick
J. Fitzgerald, quien también está actuando como procurador ad
hoc en la investigación de Valerie Plame, no fue autorizado por el Departamento
de Justicia (DOJ) en 2003 para requerir la presentación de los registros
telefónicos de los reporteros. El DOJ exige que “se debe hacer
todo intento razonable por obtener información de otras fuentes antes
de considerar la emisión de una citación a un miembro de un medio
de prensa”, o de “exigirle la presentación del registro de
sus llamadas telefónicas”.
El 1 de
diciembre de 2004, la Corte de Apelaciones de Chicago desestimó una demanda
por difamación interpuesta por Global Relief contra The New York Times
y otras organizaciones de prensa por sus informes acerca de la investigación
del gobierno.
El 24 de
febrero de 2005, Robert W. Sweet, juez del distrito federal de la ciudad de
Nueva York, sostuvo que el Times tenía el derecho de mantener la confidencialidad
de sus registros telefónicos, ya que éstos están protegidos
por un privilegio calificado bajo la Primera Enmienda y bajo el derecho consuetudinario
y porque la procuraduría no había logrado superar dicho privilegio.
Varios comentaristas
conservadores han sido sometidos a escrutinio por el tema de conflicto de intereses
relacionado con contratos con la administración de Bush en los que se
incluía pagos bajo la mesa. El gobierno de Bush ha reconocido que pagó
a por lo menos tres comentaristas conservadores por promocionar su agenda política.
El presidente
Bush ha expresado públicamente que desaprueba dichos contratos y ha ordenado
a los jefes de su gabinete a poner fin a pagos de esta naturaleza. Estos arreglos
no solamente se consideran una violación de la ética profesional
sino que también pueden ser un intento ilegal por distorsionar la opinión
pública.
Los tres
casos reportados hasta la fecha son el de Michael MacManus, a quien el Departamento
de Salud y Servicios Sociales le pagó $10,000 por capacitar a asesores
sobre temas de matrimonio; el de Armstrong Williams, quien suscribió
un contrato por $240,000 con el Departamento de Educación; y el de Maggie
Gallagher, quien ha admitido que recibió $21,500 del Departamento de
Salud y Servicios Sociales.
En enero,
la administración Bush decidió no continuar con su recusación
de un dictamen de la corte que bloqueaba la flexibilización de las reglas
sobre la propiedad de los medios. La decisión podría afectar el
futuro de los diarios y canales de televisión de propiedad de The Tribune
Company y de Media General, las cuales efectuaron adquisiciones anticipándose
a una mayor desregulación. La flexibilización de las reglas ha
sido apoyada por las redes de radiodifusión, pero ha sido acremente criticada
por otros que sostienen que ésta permite que los medios se concentren
en muy pocas manos.
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