Reunión de Medio Año





 

 

Reunión de Medio Año
Sociedad Interamericana de Prensa
Hotel Swissôtel
Quito, Ecuador
17 al 20 de Marzo, 2006


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DISCURSO DE GUADALUPE MANTILLA
REUNIÓN DE MEDIO AÑO DE LA SIP
QUITO, ECUADOR

Señores y Señoras

A nombre del Comité Anfitrión de la Asociación Ecuatoriana de Periodistas (AEDEP), me es grato darles la bienvenida a Quito.

En este día tan especial, cuando la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) se da cita en nuestro país para analizar y discutir un tema urgente de nuestros tiempos, la libertad de prensa, es para mí un enorme privilegio dirigirles unas pocas palabras, a ustedes, distinguidos visitantes de dilatada experiencia en el siempre cambiante y complejo mundo del periodismo continental.

Desde su constitución, la SIP fue considerada como la principal entidad de representación de la prensa escrita. Fue a partir de una reunión del Congreso Panamericano de Prensa, en 1926 en Washington, que se comenzó a gestar esta organización. Durante varios años continuaron estas reuniones que no satisfacían a plenitud por que sus miembros eran personas delegadas por cada gobierno de turno. Para el año 1950 ya estaban las bases establecidas y coincidencialmente los promotores escogieron a nuestro país para la primera Asamblea de la SIP. Debo recordar, con legítimo orgullo, a mi tío Carlos Mantilla Ortega, quien ejerció la primera Presidencia.

La SIP ha marcado, a través de los años, la defensa de un concepto vital para todos nosotros: una filosofía de trabajo: el ejercicio constante del periodismo independiente, y la lucha por la libertad de expresión.

La Sociedad Interamericana de Prensa ha estado presente siempre en momentos críticos de muchos de nuestros países, sobre todo cuando los escenarios políticos han alterado nuestra tarea, y en más de una ocasión los gobernantes han censurado, presionado y amenazado.

Sería presuntuoso de mi parte dirigirles pensamientos filosóficos sobre nuestra misión, que ustedes conocen y practican desde hace muchos años. He optado por relatarles una historia real, vivida en nuestro país y periódico.

Entre el 13 de noviembre y el 25 de diciembre de 1953, es decir, durante 41 días, los diarios El Comercio y Últimas Noticias callaron, no por voluntad sino por imposición. El gobierno de entonces silenció nuestra opinión y nuestro diario dejó de informar temporalmente a sus lectores. En dos ocasiones anteriores mi padre, Jorge Mantilla Ortega, como subdirector fue apresado por negarse a dar el nombre de una fuente. En ambas ocasiones, acudió a la penitenciaria mi abuelo, Carlos Mantilla Jácome. Cuando inquirió la razón de esta medida, el Intendente de Policía respondió: "Su hijo se niega a revelar la fuente de una información". Mi abuelo contestó: "Hace muy bien, que se quede en la cárcel".

En 1953 la situación no fue tan fácil. Fue una época dura y triste para todos nosotros. La clausura dio lugar a una verdadera movilización civil en respaldo y defensa de las libertades públicas. Era la primera vez que la abrumadora fuerza del poder político caía sobre nuestro diario, sobre nuestro oficio. La orden de clausura la dio el Ministro de Gobierno, Dr. Camilo Ponce, durante el ejercicio del presidente José María Velasco Ibarra.

Paradójicamente, el presidente Velasco Ibarra fue un personaje que se hizo figura pública desde nuestras páginas de opinión, cuando escribía bajo el seudónimo de Labriole, antes de lanzarse al terreno de la política.

¿Cuál fue la causa para tan drástica decisión, que a su vez marcó otro hito en nuestra rica historia periodística que acaba de completar, este primero de enero, su primer siglo de vida?

El 26 de abril de 1953, dos medios de prensa de Guayaquil: La Nación y La Hora, como culminación de muchos desafueros, fueron clausurados y se había sometido a la prisión común a sus propietarios, gerentes y funcionarios principales. El Comercio rechazó enérgicamente esta acción. Se solidarizaron todos los periódicos del país, con un acto de un día simbólico de silencio.
La Sociedad Interamericana de Prensa envió una carta de protesta al Presidente de la Republica Dr. José María Velasco Ibarra, solicitando la inmediata liberación de los periodistas y la reapertura de los dos diarios.

Pasaron meses difíciles políticamente y se produce un gran impasse cuando el diario El Telégrafo publica una noticia sobre un posible retiro del ministro de Gobierno. Su reacción no tardó, y se manifestó con el envío de un comunicado oficial obligando a la rectificación, con un lenguaje ofensivo para la prensa.

En lo esencial, El Comercio -coincidiendo con otros medios de prensa de la época- decidió no publicar el comunicado oficial firmado por los ministros de Defensa y de Gobierno. El diario consideró que ese comunicado lesionaba la dignidad de la prensa y afectaba el interés superior de la Nación, en un momento político difícil para el país. Es decir, nuestro diario reivindicó su derecho a discernir y decidir por su cuenta y fue castigado por esa conducta.

Los diarios colegas, personas e instituciones nacionales e internacionales nos hicieron llegar su solidaridad. La falta del diario comenzó a desesperar a sus asiduos lectores y se llegaron a juntar 10,000 firmas de ciudadanos que reclamaban la revocación de la orden de clausura. Muchos artículos y editoriales fueron reproducidos internacionalmente, mientras el gobernante no cedía.

Nuestra posición y nuestra manera de procesar y entender el periodismo frente al poder político, en momentos de alta presión, quedó expuesta con claridad en la edición del 27 de diciembre de 1953, dos días luego de la reapertura. En efecto, en la primera pagina se publicó un magnífico y emotivo editorial: "El Comercio a la nación". Encontrarán este texto reproducido en el libro que tendremos el agrado de entregarles el domingo en la noche.

Basta con anotar una sola frase que dice: "No hemos pretendido librar una competencia de poderes -señala el editorial-. Conocemos nuestro lugar. Respetamos la autoridad y los fueros del Gobierno, porque son los determinantes básicos de la convivencia en una nación organizada; mas si respetamos escrupulosamente y en todas sus formas y alcance el dominio y las funciones de la autoridad, no podía consagrarse el atropello y vender derechos que no nos pertenecen como patrimonio privativo, sino como encargo misional de una parte del bien común de la colectividad. El ciudadano en la calle, en el trabajo, en la prensa o en el Gobierno tiene como norma original de vida, como atributo de su sangre, la responsabilidad de sus derechos y deberes. No defendía El Comercio una causa particular: se hacía eco y pugnaba por principios que importan a la Nación, en su totalidad de hombres,
ideas, instituciones y destino. Así lo entendió también el ciudadano y así respondió con su clamor, al respaldar nuestra posición sencilla, tranquila y decidida"

En estos días, cuando el Continente es testigo de una gran confusión ideológica, de reformas políticas inusuales y hasta sorprendentes, de tantos extravíos conceptuales. .. quizás resulte prudente, por fácil que se vea, volver a las raíces mismas de nuestro oficio.

El periodismo, no lo olvidemos nunca, es una tare a social distante del poder que tiene colosales efectos multiplicadores en nuestras sociedades. De ahí la enorme responsabilidad con la que debemos abordar nuestro oficio. De ahí también la fascinación sobre algo que no se reduce a ser una bonita profesión. ¡Colegas del continente aquí presentes, el periodismo es –siempre 10 fue– una forma de vida!

Muchas gracias y bienvenidos nuevamente al Ecuador, una nación que, pese a sus problemas, es un espacio maravilloso que camina, que crece, que tiene vida e identidad propias.