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Reunión de Medio
Año
República Dominicana
Casa de Campo
Marzo 15 al 19, 2002
Discurso de S.E. Hipólito Mejía,
presidente de la República Dominicana
ante la Reunión de Medio Año de la Sociedad Interamericana de
Prensa
Casa de Campo, República Dominicana
18 de marzo de 2002
Sean todos bienvenidos a un país cuya vida
social, económica y política es cubierta por 318 estaciones de
radio, 42 canales de televisión, y 12 diarios y periódicos, 3
de los cuales se iniciaron en esta administración.
Sean todos bienvenidos a un país donde la prensa se ha convertido en
el más efectivo centinela de la gestión del Gobierno, contribuyendo
así a la transparencia que la gente demanda en la administración
de los recursos públicos.
Sean todos bienvenidos a uno de los seis países de habla hispana de Las
Américas, catalogado por Freedom House como países donde existe
libertad de prensa.
Sean todos bienvenidos a la República Dominicana, la tierra donde todo
comenzó.
Quiero agradecer el privilegio que me ha otorgado la Sociedad Interamericana
de Prensa al invitarme a pronunciar unas palabras en la apertura de esta su
Reunión de Medio Año.
Presentarme hoy ante ustedes, constituye una excelente oportunidad para reiterar
mi posición sobre un tema crucial para el fortalecimiento de la democracia:
la libertad de prensa.
Quien les habla no ha sido, no es, ni será nunca un erudito. No esperen
de mi una exposición a fondo sobre los principios filosóficos,
éticos y morales que soportan el derecho de libertad de prensa.
Frente a ustedes, tienen a un dominicano de carne y hueso, salido del campo
dominicano y amante de la tierra que, al entrar en contacto con la mano del
hombre, produce riqueza para los que viven en ella. Quien les habla es un campesino
que el destino lo ha llevado a ocupar la Presidencia de la República.
En el ejercicio de mi vida en la arena política, sin embargo, he tenido
que conformar un cuerpo de convicciones sobre aspectos fundamentales para todo
el que hace vida política.
Uno de ellos es la libertad de prensa.
No voy a esconder a ustedes la disyuntiva que en ocasiones enfrentamos los políticos
cuando el destino nos lleva a ocupar posiciones importantes en la dirección
de uno de los poderes del Estado.
Me refiero, a si se debe o no, establecer un límite a la libertad de
prensa.
Quien les habla cree firmemente que la respuesta a esta interrogante es rotundamente
negativa.
La libertad de prensa es precisamente eso, libertad de prensa. En el momento
en que le fijemos límites, deja de serlo.
Sé que algunos de los presentes podrían pensar que la libertad
de prensa sin límites conlleva riesgos, y en algunos casos, costos que
podrían tener repercusiones negativas sobre todos los miembros de una
sociedad.
Es posible que algunos tenga en mente el tratamiento que la prensa norteamericana
dio recientemente al escándalo financiero de la ENRON.
Para nadie es un secreto que a medida que la prensa fue desnudando este expediente,
fue creciendo la preocupación sobre las implicaciones que el trabajo
de la prensa libre pudiese tener sobre la credibilidad de millones de inversionistas
norteamericanos y del resto del mundo que han colocado una buena parte de su
riqueza en los mercados de acciones.
No fueron pocos los que temieron que la propagación de este escándalo
en la prensa, pudiese generar un virus contagioso capaz de erosionar sensiblemente
la credibilidad de las bolsas de valores, generando un colapso de grandes proporciones
en la economía mundial.
Otro ejemplo que nos viene a la cabeza fue el tratamiento que la prensa dio
a la colocación del ANTRAX en cartas que tenían como destino a
personalidades de los Estados Unidos y el pánico inicial que esta noticia
generó en la población norteamericana.
No fueron pocos los que llegaron a pensar que el trabajo de la prensa estaba
magnificando el temor y la incertidumbre del pueblo norteamericano.
La alternativa a dicho tratamiento era la administración y regulación
de la información.
Quien les habla está totalmente opuesto a todo lo que represente una
barrera o límite a la libertad de expresión.
Estoy consciente de que algunos temas son delicados, muy delicados. A pesar
de ello, soy de los que piensa que los beneficios que reporta a la convivencia
democrática la libertad de prensa, son muchísimos mayores que
los costos que podrían derivarse de los excesos.
La prensa libre, señoras y señores, es mucho más responsable
de lo que muchos generalmente le acreditan.
¿Por qué pienso así?
Porque la prensa es la primera que reconoce en la credibilidad y la reputación,
los dos activos más importantes para su supervivencia, en un mundo cada
vez más competitivo y exigente.
La prensa no necesita regulación ni límites. Ella misma se regula.
Y lo hace porque sabe que debe proteger su credibilidad y su reputación.
Cuando estos se pierden, es poco lo que la prensa puede hacer para evitar un
final similar al de la ENRON.
La mejor regulación de la prensa es la que ella misma se autoimpone,
no la que los Poderes del Estado consideren apropiada.
Así ha sido en el pasado. Así es en el presente. Y así
será siempre.
Es por esa razón que a quien les habla, hay que anotarlo en la lista
de los que creen que la defensa de la libertad de prensa, cae en el ámbito
de lo moralmente correcto.
"El lugar más caliente del infierno está reservado para aquellos
que permanecen neutrales en tiempos de crisis morales", advirtió
hace casi 700 años, el supremo poeta italiano.
Yo les digo que en la lucha por la libertad de prensa, esa lucha que ha llevado
a muchos periodistas a derramar su sangre antes que ceder ante la intolerancia
y el totalitarismo, no puede haber neutralidad.
No puede haber neutralidad frente a los 892 asesinatos, 448 secuestros y desapariciones,
2 mil 193 golpeos, asaltos y torturas, y 4 mil 450 arrestos y apresamientos
de periodistas que han tenido lugar en las últimas dos décadas
en todo el mundo.
Como escucharon, no puede haber neutralidad.
Fue por eso que a las pocas semanas de asumir como Presidente de la República,
sometí al Congreso Nacional un proyecto de Ley que persigue eliminar
las últimas barreras para alcanzar la absoluta libertad de prensa en
la República Dominicana.
Una vez aprobada esta Ley, la prensa tendrá libre acceso a las fuentes
noticiosas oficiales y algunas privadas; se suprimirán los fueros que
privilegian a los funcionarios públicos en cuanto a las sanciones establecidas
para castigar a los que les difamen; se eliminarán los requisitos previos
para la publicación de periódicos o revistas;
se prohibirá la persecución en los casos de alegada difamación
contra funcionarios públicos, si se prueba la verdad del hecho imputado;
se modificará la responsabilidad escalonada en casos de difamación,
comenzando con el autor de la misma y de la persona que autorizó la publicación;
y se otorgarán mayores garantías al ejercicio del secreto profesional.
Quiero aprovechar esta oportunidad que me brindan para hacer una confesión.
No son pocos los dominicanos que piensan que el estilo franco, abierto y directo
que exhibo en los múltiples encuentros diarios con mis amigos de los
medios de comunicación, trasluce algún grado de inconformidad
del Gobierno que presido con el tratamiento que nos confiere la prensa.
Quienes piensan así, están totalmente equivocados.
Lo peor que puede pasarle a un país es un Gobierno confabulado con la
prensa.
Cuando eso sucede, la turbiedad sustituye a la transparencia, la corrupción
a la honestidad y las tribunas del totalitarismo a los foros de la democracia.
Esa convicción de quien les habla explica el por qué en los medios
de comunicación no encontramos ya el tipo de periodistas que necesitan
miles de razones mensuales para defender las ejecutorias del Gobierno que presido.
Si lo hacen, es fruto de un análisis independiente y objetivo, pues la
época de periodistas en nómina y al servicio del Gobierno quedó
atrás.
La prensa, en el caso específico de mi Gobierno, nos ha provisto un servicio
invaluable.
La prensa dominicana, señoras y señores que me escuchan, se ha
constituido en el más efectivo gabinete de centinelas que Presidente
alguno pueda tener.
La prensa escrita, la radio y la televisión han conformado una sólida
tríada de celosos vigilantes de la acción de los Poderes del Estado.
Están haciendo lo que deben hacer, velar porque el Gobierno, los legisladores
y los jueces operen con eficiencia y transparencia.
Para quien les habla ese servicio es extraordinario.
Primero, porque el trabajo que realizan es diario, intenso, preciso, incisivo
y casi siempre, correcto.
Segundo, porque lo proveen sin costarle un solo centavo al Gobierno.
Los que no lo sabían, ya saben porqué nunca le subiré el
vidrio ni le prenderé el radio a la prensa.
¿Qué en ocasiones la prensa puede incurrir en errores?
Si el Presidente de la República, con mucha más información
a la mano que la prensa, en ocasiones se equivoca, no hay que sorprenderse porque
de vez un cuando esto le suceda a algún periodista.
Errar es de humanos. Hasta prueba en contrario, los políticos y los periodistas,
pertenecemos a esa categoría.
Quien les habla, cuando se equivoca, rectifica. La prensa dominicana también
ha sabido rectificar.
Antes de concluir quiero detenerme un momento en un asunto que nos concierne
a todos, incluidos los políticos, los dueños de medios de comunicación
y los periodistas.
Me refiero, al rol que pueden y deben jugar los medios para estimular la discusión
constructiva y desincentivar la discordia estéril en el debate de los
problemas del Continente que es recogido por dichos medios.
La América Latina y el Caribe tienen muchos problemas.
Los más importantes, a nuestro juicio, son la pobreza y la desigualdad.
Para avanzar en la erradicación de la pobreza y en la mejora de la distribución
del ingreso, todos los países del Continente requieren de estrategias
de desarrollo coherentes.
Para acordar dicha estrategia y su implementación, los líderes
políticos del Continente necesitan la participación y colaboración
de la prensa.
No para que apoyen al Gobierno o a la oposición, sino para que nos ayuden
a determinar la verdad.
La discordia improductiva se ha constituido en una seria barrera para acordar
la estrategia integral de desarrollo que debemos implementar en cada uno de
nuestros países, si queremos dejar atrás la pobreza y el atraso.
La discordia, lamentablemente, exhibe hoy día una elevadísima
ponderación en la cobertura de los medios de comunicación.
Lo que quiero proponer hoy es que reduzcamos el énfasis en la discordia
estéril y elevemos el de la discusión constructiva.
La discordia produce rupturas hostiles; la discusión, en cambio, da lugar
a debates productivos.
Una sociedad libre se fortalece con la discusión; pero se debilita con
la discordia.
La discusión constructiva es la sangre que da vida a la democracia; la
discordia improductiva es el cáncer la destruye.
Los que discuten argumentan, pues persiguen soluciones a problemas comunes;
los adictos a la discordia pelean, pues persiguen el poder para ellos.
Aún corriendo el riesgo de que la prensa me dé la espalda, me
atrevo a proponer que los medios de comunicación sean más abiertos
a la discusión constructiva y menos a la discordia estéril que
se origina en la intransigencia, la intolerancia y la incapacidad de algunos
de poner delante los intereses nacionales y luego los intereses particulares
o partidarios.
Si somos capaces de discutir abierta y transparentemente nuestras propuestas,
podremos diseñar y ejecutar las estrategias de desarrollo que permitan
a nuestros pueblos avanzar, progresar y prosperar.
Es eso, amigos de la Sociedad Interamericana de Prensa, lo que hoy les propongo.
Que la prensa aproveche el excepcional poder que tiene, para estimular la discusión
constructiva sobre las ideas y los programas de desarrollo. Pero también,
que utilice su poder, para cerrar las puertas a la discordia improductiva que
se origina en egoísmos incompatibles, con las esperanzas que tienen cifradas
millones de latinoamericanos, en la capacidad de sus líderes para dirigir
la emigración de nuestras naciones desde el atraso y el subdesarrollo
al progreso y la modernidad.
No siento temor porque algunos de los presentes perciban que acaban de escuchar,
una vez más, a otro político soñador de la región,
esta vez, de la República Dominicana.
No siento temor, porque en realidad, lo que tengo es un sueño.
Así es.
Sueño con un Continente en el cual su prensa libre se constituya en el
principal aliado y soporte del pueblo latinoamericano en su travesía
hacia el progreso y la prosperidad.
De lo que hablo, no es un sueño irrealizable. Décadas atrás
se pensaba que el derecho a la libertad de prensa caía en el ámbito
de la utopía. Hemos visto como en un número creciente de países
la utopía se ha convertido en realidad.
En adición a la libertad de prensa, los latinoamericanos y los caribeños,
la mayoría de los cuales viven en la pobreza y la indigencia, necesitan
de una prensa capaz de orientar la discusión de nuestros problemas hacia
senderos que conduzcan a la búsqueda de la verdad y a la determinación
de las soluciones.
¿Es posible lo que estoy proponiendo?
Es esa la disyuntiva que hoy dejo ante ustedes, amigos de la prensa.
Estoy consciente de la magnitud de la cruzada por el desarrollo y la modernización
que tenemos por delante.
Pero, con la ayuda de una prensa verdaderamente libre y comprometida únicamente
con los intereses de la mayoría y no con los intereses particulares de
grupos económicos propensos a la bellaquería, estoy seguro que
avanzaremos.
Y con la bendición de Dios, no tengo dudas de que venceremos.
Una vez más, sean todos bienvenidos a un país pobre en nivel de
vida y bienestar, pero rico, muy rico, en la capacidad de trabajo de su gente
y en las voluntades que se requieren para progresar con justicia social, que
para mí no es otra cosa que la confluencia de libertad política,
independencia económica, igualdad de oportunidades y, que no le quepa
duda a nadie, libertad de prensa.
Muchas Gracias.
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