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58
Asamblea General
Lima, Octubre 26-29, Perú
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Presentación de Rafael Molina Morillo
Presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información
de la Sociedad Interamericana de Prensa
Domingo 27 de octubre de 2002
58ª. Asamblea General de la SIP, Lima, Perú
La socorrida frase que reza: “El precio de la libertad es la eterna
vigilancia”, cobra renovada vigencia al examinar los meses transcurridos
desde nuestra reunión de medio año en Casa de Campo, período
salpicado de inquietantes acontecimientos que nos han obligado a realizar
no pocas misiones especiales en distintas latitudes y a mantenernos en estado
de alerta extrema en defensa de los derechos de expresión y de información
en las Américas.
Las acciones terroristas, la falta de independencia del Poder Judicial en
algunos países, la impunidad, la existencia de leyes restrictivas al
libre ejercicio periodístico, los asesinatos o agresiones físicas,
la censura y la autocensura, la falta de mecanismos para garantizar el libre
acceso a la información pública, la aplicación de políticas
fiscales contra los medios impresos y la discriminación oficial contra
los órganos de comunicación que no son complacientes con los
gobiernos, son sólo algunas de las adversidades que hemos tenido que
afrontar en esta etapa.
Estamos en guerra declarada contra cada una de esas formas de agresión
a la libertad de prensa, guerra que no cesará hasta lograr la plena
vigencia de los derechos de todos los ciudadanos de las Américas a
expresarse y a ser informados sin condiciones.
En todos los casos en que ha sido necesario, hemos continuado reclamando a
las autoridades que cumplan su deber de investigar y castigar los crímenes
contra periodistas y reparar sus consecuencias. Colombia es, quizás,
el país con más casos de impunidad por la pobre capacidad del
gobierno para enfrentar al narcotráfico y a la guerrilla, requisito
indispensable para asegurar el ejercicio libre y sin temor del periodismo.
Los casos de Carlos Pulgarín y Carlos Lajud, conocidos periodistas
que tuvieron que abandonar su país por razones de seguridad, son muestras
recientes de los riesgos que corren los periodistas en Colombia.
Brasil no es la excepción en este tema. Si bien las autoridades han
hecho esfuerzos considerables sobre el caso de Tim Lopes, de TV Globo, asesinado
en julio pasado, no hubo resolución alguna sobre el caso de Sávio
Brandão, del diario Folha de Estado, de Mato Grosso, asesinado en este
período como tampoco en la decena de casos ocurridos en las últimas
dos décadas que la SIP investigó y sobre los que viene reclamando
por justicia.
Una excepción a esta tendencia creciente de impunidad la brindó
una corte mexicana, que después de tres años de seguimiento
por parte de la SIP, condenó finalmente a 13 años de prisión
a los asesinos del periodista estadounidense Philip True, muerto en 1998.
Debemos consignar que tenemos montada una campaña para que en las legislaciones
de los países del continente se establezca la no prescripción
de los crímenes contra periodistas, así como se considere una
circunstancia agravante el hecho de que un delito sea cometido contra los
que ejercen el periodismo. Abogamos igualmente porque los asesinatos de periodistas,
por tratarse de un crimen dirigido a coartar los derechos y libertades básicos
de la sociedad, sean considerados como delitos de jurisdicción federal
o sean tratados en jurisdicciones especiales en aquellos países en
que los estados o provincias gozan de autonomía judicial. También
dirigimos nuestros esfuerzos a que los organismos internacionales de financiamiento
limiten la cooperación económica o técnica a los gobiernos
que no respeten la libertad de prensa.
Pero si bien es nociva la incapacidad de algunos Estados para contener y sancionar
las agresiones contra la prensa, peor es la situación cuando los abusos
y atropellos contra periodistas y medios de comunicación provienen
directamente de los gobiernos, como ha ocurrido en Chiapas, México,
con los ataques del gobernador contra el periódico Cuarto Poder, y
como ya sistemáticamente ocurre en Cuba con Castro, en Venezuela con
Chávez, o en Haití con Aristide y la Familia Lavalás.
Cuba sigue siendo el país con menos de libertad de expresión
del continente, como lo han venido reafirmando los hechos en los últimos
cuarenta años, en los cuales no han cesado un instante el hostigamiento
y las agresiones contra los periodistas independientes. Tal ha sido el caso,
a manera de ejemplo, en agosto de este año, del periodista Angel Pablo
Polanco Torrejón, director de la agencia independiente de noticias
Noticuba, detenido y atropellado durante cinco días de encierro y tortura
sicológica, a pesar de tratarse de un minusválido y enfermo
de glaucoma. En Haití, la ausencia de garantías y la impunidad
señorean por todo su territorio, sin visos de mejoría, mientras
el gobierno auspicia la aprobación por el Congreso de un código
de ética que seguramente servirá de plataforma para imponer
nuevas limitaciones y restricciones a la prensa. Y Venezuela nos presenta
un cuadro, conocido por todos, donde los medios de comunicación y los
periodistas son agredidos en acciones promovidas por el Gobierno, poniendo
en grave riesgo el derecho de las personas a ser libremente informadas.
En aquellos países donde existen o se discuten leyes que podrían
implicar peligro para la libertad de prensa, como Guatemala, Nicaragua, Ecuador,
Panamá, República Dominicana y Venezuela, la Comisión
de Libertad de Prensa e Información se mantiene vigilante, así
como en los Estados Unidos, donde ciertamente existen iniciativas tendentes
a desinformar y subordinar a la prensa para promover campañas gubernamentales.
Por otro lado, un proyecto de ley en la Argentina fijaría, de ser aprobado
definitivamente, en un 30% el tope de la participación foránea
en los medios de comunicación, lo que constituye sin duda una inaceptable
limitación al libre flujo de las informaciones. Nos preocupa también
que todavía quedan muchos países en el continente donde están
vigentes disposiciones legales que instituyen el desacato. En ese sentido
negativo podemos citar a Bolivia, Brasil, Chile, Cuba, Ecuador, El Salvador,
Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua Panamá,
Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Es de justicia
señalar que la figura del desacato ha sido descartada en Argentina,
Costa Rica y Paraguay.
Otras modalidades de limitaciones a la libertad de prensa a las que nos hemos
enfrentado en este semestre han sido las cargas impositivas excesivas aprobadas,
como sucede en la Argentina, o en vías de aprobación, como en
Colombia; y la autocensura, admitida por los propios periodistas que sienten
amenazadas su seguridad y la de sus familias, especialmente en Colombia, Brasil
y Venezuela, así como en algunas naciones centroamericanas. Del mismo
modo, conspiran contra la libertad de prensa ciertas medidas de carácter
judicial que vulneran derechos fundamentales del individuo, como la pretensión
de un juez argentino para que un periodista, corresponsal de un diario británico,
revelara sus fuentes informativas sobre denuncias por corrupción, so
pena de ordenar la entrega de un listado de las llamadas telefónicas
del periodista.
En lo que respecta al libre acceso a la información pública,
sólo tres países latinoamericanos han legislado en su favor:
México, Panamá y Perú. Existen auspiciosos proyectos
de ley en esta materia, incluso uno aprobado parcialmente en Uruguay, y otros
en discusión en Guatemala, Nicaragua y Brasil. Penosamente, el avance
que significaba este paso para Panamá se ha visto opacado porque, en
la práctica, los mecanismos establecidos en la ley no han sido efectivos.
Un importante objetivo que se ha impuesto nuestra Sociedad y por el cual trabaja
la Comisión de Libertad de Prensa e Información, es la despenalización
de los delitos de calumnias e injurias. Precisamente, un editor norteamericano
del estado de Kansas, David Carson, fue penalizado en julio por la supuesta
comisión de ese delito, por lo cual la SIP ha tratado de motivar a
la Corte Suprema de los Estados Unidos para que decida sobre la inconstitucionalidad
de esta norma penal. El periódico Reforma, de Ciudad de México,
también ha sido víctima, por segunda vez, de una acción
legal por supuesta difamación a un diputado mencionado en un reportaje
sobre pagos irregulares a congresistas. Lamentablemente, en Colombia está
en discusión un proyecto que amplía las penas a los periodistas
por los delitos de injuria y calumnia.
Un punto neurálgico en el cual debemos redoblar nuestros esfuerzos
para evitar que tome fuerza nuevamente, es la tendencia observada en varios
países para volver sobre el tema de la colegiación obligatoria
o el requisito de poseer grado universitario para ejercer el periodismo. En
ese sentido debemos fijar nuestra mirada en Nicaragua, República Dominicana
y en Panamá donde surgió un nuevo proyecto de ley sobre idoneidad
periodística, tema que fue descartado de la ley hace unos pocos años
atrás.
Para concluir este reporte sobre los últimos seis meses, cúmplenos
consignar que a mediados de junio participamos en la Cumbre Hemisférica
sobre Justicia y Libertad de Prensa en las Américas celebrada en Washington,
D.C., junto a otras comisiones de la SIP y con la participación de
magistrados de las cortes supremas de Justicia de 23 países del hemisferio
occidental, así como directores de periódicos, editores, periodistas,
académicos y otros expertos. También participamos en seminarios
y encuentros sobre la libertad de información, organizados por la UNESCO
en República Dominicana y en Panamá; así como en los
paneles sobre el mismo tema celebrados en Ponce y San Juan de Puerto Rico
por el Centro Para la Libertad de Prensa en esa isla. Asistimos también,
a finales de agosto, a la conferencia “Narcotráfico: Periodistas
bajo Riesgo” con los auspicios de los colegas mexicanos y la presencia
del zar anti drogas de los Estados Unidos en la ciudad de Tijuana, Baja California.
Finalmente, hace apenas un mes, nos trasladamos junto al presidente y otros
ejecutivos de la SIP a Caracas, Venezuela, en interés de mediar para
lograr garantías del gobierno al ejercicio periodístico, para
lo cual sostuvimos provechosos encuentros con los sectores oficiales, de oposición,
gremiales, empresariales y de la prensa. Lamentablemente, no encontramos un
clima propicio de parte del Gobierno para limar las aristas entre éste
y los medios independientes. Incluso ahora un nuevo proyecto de ley oficial
sobre Participación Ciudadana, que continúa con el legado de
la Sentencia 1013, permite que organismos del Estado y foros ciudadanos “vigilen”
a los medios de comunicación privados y puedan disponer de medidas
de censura sobre informaciones, opiniones y periodistas y pueden dictar hasta
medidas de suspensión de actividades en caso de que el medio no cambie
su política editorial.
Estos proyectos de ley y los hechos graves que ocurren en muchos de los países
nos revelan cuán alertas y preparados debemos mantenernos.
No podemos descuidarnos ni un solo instante. El mantenimiento y fortalecimiento
de la libertad de prensa es un compromiso de todos nosotros, dondequiera que
estemos. Un compromiso que día tras día asumimos sin vacilaciones,
con decisión, con convencimiento y con responsabilidad.
Muchas gracias.
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