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Reunión
de Medio Año
Sociedad Interamericana de Prensa
Hotel Swissôtel
Quito, Ecuador
17 al 20 de Marzo, 2006
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EL INDIGENISMO Y
LA LIBERTAD•
Carlos Alberto Montaner
Conferencia dictada en el acto de clausura de la convención de la Sociedad
Interamericana de Prensa (SIP) celebrada en Quito, el 20 de marzo de 2006.
Por iniciativa del diario
Hoy, la Sociedad Interamericana de Prensa me hace el honor de que clausure esta
convención celebrada en Ecuador. Dado que la cita ha sido en Quito, y
como llego en medio de los desórdenes callejeros provocados por la Confederación
de Nacionalidades Indígenas de Ecuador, la CONAIE, creo que puede ser
útil acercarnos al reto planteado por el indigenismo en toda la región
andina, hasta llegar a establecer, al final de estas reflexiones, las consecuencias
severas que puede tener este fenómeno con la práctica del periodismo
libre.
Comienzo, sin embargo, en otro punto del globo, en Europa, donde en los primeros
días de marzo de 2006 murió en la cárcel el ex presidente
Slobodan Milosevich, el gobernante serbio que desató unas terribles matanzas
en la antigua Yugoslavia en la década de los noventa. Para una buena
parte de sus compatriotas era un ídolo. Para los bosnios, croatas y kosovares,
víctimas de sus "limpiezas étnicas", era una especie
de demonio terrible. También debe decirse, en honor a la verdad, que
bosnios, croatas y kosovares, a otra escala, cuando pudieron vengarse, liquidaron
a numerosos serbios movidos por el odio más intenso.
En general, se trataba de etnias que habían convivido apaciblemente durante
siglos, mezclándose en las aulas escolares, en sitios de trabajo, en
lugares de esparcimiento y en los lechos conyugales, sin que nadie pudiera predecir
el trágico desenlace que se produjo tras el estallido de Yugoslavia.
Súbitamente, se extendió el odio y salió a la superficie
lo peor de los seres humanos. De pronto, los parientes y amigos de la víspera
se convirtieron en asesinos despiadados, en torturadores y violadores.
Obviamente, menciono esta cercana referencia histórica a modo de recordatorio.
Lo que ocurrió en Yugoslavia puede suceder en cualquier lugar. En la
región andina, cada vez con mayor intensidad, se abre paso una visión
étnica de las relaciones de poder. No sólo se trata del triunfo
abrumador de Evo Morales en Bolivia ?impecable desde la perspectiva electoral?,
sino de algunas propuestas que se escuchan en ese país, como la formulada
por Román Loayza, dirigente aymara de la Confederación Campesina,
hombre muy cercano al presidente Morales, quien habla de la creación
de la República del Tawantisuyo, un Estado fundado sobre el territorio
que fuera del imperio inca, de donde se deduce que el objetivo final es recomponer
el mapa político actual de Sudamérica, constituyendo una supranación
que también abarque una parte sustancial de Perú, Ecuador y Colombia.
Esa República de Tawantisuyo podría parecer –y lo es? un
proyecto descabellado, pero la desmesura no es un elemento extraño en
el devenir histórico. En España, donde vivo, hay nacionalistas
gallegos que reivindican como patria originaria el borroso reino de los suevos,
una tribu germánica que se instaló en el siglo V en zonas en las
que hoy existen Galicia y Portugal. Y mientras esos nacionalistas gallegos reclaman
pertenecer a una nación diferente, algo similar postulan algunos vascos
y catalanes, y entre ellos tampoco faltan los que planean crear un Estado independiente
que algún día consiga incorporar dentro de sus fronteras la porción
de territorio usurpado en el pasado por los "imperialistas" franceses.
Lo que quiero advertir es que las luchas nacionalistas, étnicas o religiosas
suelen ser fenómenos tenaces que a veces consiguen los más inverosímiles
y difíciles éxitos o provocan terribles catástrofes en
el proceso de intentar alcanzar sus objetivos. Es bastante evidente que los
imperios aparecen y desaparecen, es obvio que las fronteras se expanden o encogen,
como saben los mongoles, austriacos, turcos o rusos. Y de la misma manera que
no hay ninguna garantía de que Québec será siempre canadiense,
Escocia británica, Cataluña española o Córcega francesa,
tampoco se puede asegurar que las fronteras que hoy delimitan a los países
andinos, y los Estados instalados dentro de ese perímetro, van a permanecer
inalterables. Más aún, la geografía de Perú, Ecuador
y Bolivia no es hoy la misma que estrenaron estos países cuando se asomaron
a la independencia, y es muy probable que en el futuro se produzcan otros enérgicos
cambios que pueden estremecer al continente de una punta a la otra.
Los agravios históricos
Los indigenistas que en Bolivia, Ecuador y Perú pretenden refundar sus
países suelen protestar contra un tipo de agravio que les resulta intolerable:
rechazan el predominio cultural europeo que les impuso una lengua, una religión
y, en suma, una civilización totalmente ajena que les parece despreciable.
Es posible, por ejemplo, que ése sea el caso de los actuales gobernantes
bolivianos. Recuerdo un programa de televisión moderado por Andrés
Oppenheimer, en el que, junto a otros panelistas, me tocó debatir con
Evo Morales, entonces líder de la oposición, y le escuché
establecer con gran orgullo lo que a él le parecía que separaba
fundamentalmente a su pueblo de la propia cultura en la que viven los bolivianos.
Según Morales, Occidente representaba la "cultura de la muerte",
mientras los pueblos de raíz indígena eran parte de lo que llamaba
la "cultura de la vida".
No aclaró el señor Morales a qué se refería con
esta dramática clasificación, pero acaso es útil recordar
que aquellos españoles que se apoderaron de media América a partir
de 1492, en su momento también fueron víctimas en otros invasores,
los romanos, que borraron prácticamente todos los vestigios de la civilización
celtibérica destruyendo en el camino decenas de lenguas, dioses, y modos
de organizar la sociedad. Algo no muy diferente a lo que sucediera con la más
tarde poderosa Inglaterra, cuyas poblaciones más antiguas fueron arrolladas
por los romanos, y, posteriormente, por daneses y normandos que acabaron por
moldear a una Gran Bretaña imperial y próspera surgida de los
escombros de sus olvidados aborígenes.
La misma argumentación, en suma, que utilizan los indigenistas andinos
para tratar de recuperar su civilización perdida pudiera ser esgrimida
por un andaluz que hoy reivindicara el fabuloso reino de Tartesio, con sus míticas
murallas de plata, borrado del mapa por invasores inclementes que impusieron
otros dioses, costumbres, lenguajes y alfabetos. Pero si esa lucha por reconquistar
el pasado se generalizara en todo el ámbito del planeta, entraríamos
en el mundo loco y aberrante de una permanente deconstrucción de las
civilizaciones vigentes.
Al fin y al cabo, no existe un punto de la historia que esté libre de
víctimas y de victimarios, como debieran saber los indigenistas latinoamericanos
de estos tiempos. El imperio inca o el azteca crecieron sobre las ruinas de
otros pueblos derrotados en combate. ¿Por qué detener el reloj
de los agravios en el perímetro quechua-hablante de principios del siglo
XVI para forjar las fronteras de la República de Tawantisuyo? ¿Por
qué no intentar revitalizar las culturas aplastadas por la implacable
máquina militar de los incas? Si esta absurda labor de excavación
en el pasado continúa, podemos retroceder más y más en
el tiempo hasta pretender reconstruir la vida supuestamente idílica de
nuestros rudos antepasados trogloditas dedicados a recolectar frutas y a la
dulce tarea de decorar las paredes de las cuevas que habitaban.
En todo caso, si somos introducidos a la fuerza en esa máquina del tiempo
que los indigenistas quieren poner en marcha, sería conveniente conocer
cuáles rasgos de nuestra civilización actual deben ser borrados
de las costumbres habituales. ¿Se debe extirpar la lengua española?
¿Se debe eliminar la religión cristiana? ¿Se renuncia a
la racionalidad helénica que nos transmitieron griegos y romanos? ¿Se
queman los códigos de derecho y se proscribe la tradición jurídica
romana? ¿Se condena la fiesta taurina española, el fútbol
que trajeron los británicos, el baloncesto que inventaron los norteamericanos?
¿Se erradican de la mesa el pan, el vino, la carne de res, el pollo,
el arroz, el café, la cerveza, todos ellos alimentos traídos por
los europeos? ¿Por qué no renunciar a las computadoras, la penicilina,
la aviación, la radio y la televisión?
¿Cuáles instituciones deben desaparecer en un mundo reconstruido
de acuerdo con la utopía indigenista? Es una contradicción flagrante
hablar de la "República de Tawantisuyo".
Una república moderna es un modelo de organización de la sociedad
parido por la Ilustración Europea en ambas orillas del Atlántico.
La primera república moderna, Estados Unidos, fue edificada con el pensamiento
de John Locke y de Charles de Secondat, Barón de Montesquieu, mezclados
con la imaginación de James Harrinton desplegada en The Commonwealth
of Oceana. La estructura interior de las Repúblicas se forjó con
el desarrollo de los derechos humanos, la separación de poderes, la autoridad
limitada del Estado, el pacto constitucional que protege los derechos individuales
y evita los atropellos del sector público. La República es el
resultado de the rule of law y del triunfo del laicismo sobre la autoridad de
la Iglesia. La idea de la república y de las democracias constitucionalistas
?incluidas las monarquías sujetas al control parlamentario? incluye la
tolerancia, la búsqueda de consenso, la creencia en que el poder debe
estar legitimado por instituciones administradas racionalmente y la convicción
de que la voz de la minoría debe ser oída y respetada.
¿Qué tiene esto que ver con el indigenismo? Nadie duda de que
las civilizaciones precolombinas alcanzaron algunos logros estupendos y cierto
grado de complejidad y refinamiento, pero ese mundo desdichadamente orillado
por la historia al que quieren volver los indigenistas carece de contacto con
el que se implantó a sangre y fuego en América a partir de 1492.
Indigenismo y periodismo
Pudiera parecer que estas reflexiones están más cerca de la política
o de la historia que del periodismo, pero eso no es totalmente cierto. Nuestra
profesión y los valores que sostenemos no son fenómenos aislados
del desarrollo de las instituciones republicanas y de las monarquías
parlamentarias. La imprenta se inventó pocas décadas antes del
descubrimiento de América y su expansión corrió pareja
con la creación de los países latinoamericanos.
Cuando apareció la imprenta en Alemania, la primera reacción adversa
fue la de los monjes copistas de libros religiosos que vieron esfumarse paulatinamente
su modo de vida. Pero muy pronto surgieron otros enemigos que no estaban tan
preocupados por la manera de imprimir como por el contenido de lo que se imprimía.
Con la imprenta surgió la censura sistemática en el terreno religioso
y en el político, y con la censura llegaron los comisarios del pensamiento,
vigilantes y protectores de todas las ortodoxias.
El periodismo, como las repúblicas y las monarquías democráticas
regidas por la ley, es también un hijo de la Ilustración. De ahí
vienen nuestros valores y la forma en que juzgamos la realidad. Los periódicos
vieron la luz en el siglo XVII, y no es una casualidad que fuera en Filadelfia
donde un siglo más tarde naciera la primera República. Filadelfia
era la ciudad de América con más imprentas y con más periódicos.
Tampoco el azar determinó que allí se congregara un asombroso
grupo de pensadores liberales. Se alimentaban de periódicos, de almanaques,
de libros. La letra impresa trajo la libertad. Era la savia que sostenía
el impulso liberador.
Traigo a cuento esta relación entre la república, la libertad
y el periodismo porque estoy convencido de que el ataque a la tradición
republicana, como se desprende de los análisis y documentos que van destilando
los indigenistas, son también una andanada contra el periodismo libre.
Por razones obvias, los pueblos precolombinos no colocaban entre sus valores
fundamentales la libertad de expresión ni el respeto a la opinión
diferente. Esas fueron conquistas morales que surgieron trenzadas al desarrollo
tecnológico y sólo se obtuvieron en Occidente tras un largo periodo
de conflictos y violencia. Es una peligrosa ingenuidad pensar que el hipotético
triunfo del indigenismo, un movimiento volcado hacia el rescate del pasado,
no tendrá unas nefastas consecuencias para el desempeño del periodismo
libre.
Se supone que los periodistas nos limitemos a contar, como notarios, lo que
sucede ante nuestros ojos. Pues bien: ante nuestros ojos se asoma un inmenso
peligro para la supervivencia de la libertad y es nuestro deber contárselo
a la sociedad sin miedo y sin concesiones a la "corrección política".
Para muchos pueblos de América, especialmente en la región andina,
el asunto acaso sea de vida o muerte. Por eso al inicio de estos papeles recordé
el matadero horrendo surgido en Yugoslavia. Defender las ideas de la libertad,
que son las del buen periodismo, tal vez sea una forma de conjurar ese peligro.
[©]
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