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Gabo en la SIP.

Entre pasaportes perdidos, vallenatos y encuentros inolvidables

De Los Ángeles a Los Cabos y Cartagena, Gabriel García Márquez dejó recuerdos entrañables en las asambleas de la Sociedad Interamericana de Prensa.

22 de octubre de 2026 - 14:32

Por Sergio Muñoz Bata

Columnista de El Tiempo

Entre encuentros con sus lectores, anécdotas dignas de Macondo, música colombiana y largas conversaciones entre amigos, estas historias revelan el lado más cercano, espontáneo y divertido del Nobel de Literatura.

Los Ángeles, 1996: una historia escapada de Macondo

La visita de Gabo a la Asamblea de la SIP en Los Ángeles, en 1996, empezó con una historia escapada de Macondo. Días antes, Gabo me había llamado por teléfono para pedirme que lo recogiera en el aeropuerto.

Su avión llegó a tiempo y yo también, pero pasaba el tiempo y Gabo no aparecía. Pedí que lo vocearan, pensando que se había perdido, pero no apareció.

En aquella época, anterior a los teléfonos celulares, decidí irme al Ritz-Carlton, sede de la Asamblea, para preguntar si alguien sabía dónde andaba Gabo. Y lo encontré en su habitación.

Sentados, con sendos whiskies en la mano, me contó que un aduanero lo había detenido por estar en una lista negra de comunistas y otros indeseables en Estados Unidos. Lo trasladaron a un cuarto al que llegó otro inspector, este aparentemente ilustrado, que había leído alguno de sus libros.

Una vez que el inspector se convenció de que Gabo era Gabo, lo sacó del aeropuerto por una puerta inusual donde, afortunadamente, había un taxi que lo condujo al hotel. Allí, Gabo se distrajo hojeando una enorme pila de periódicos.

Cuando llegó la hora de presentarse en el salón de inauguración de la Asamblea, descubrió que no tenía su pasaporte. Desesperado, llamé a la vocera de Times Mirror para que pensáramos qué hacer. Hurgando en la montaña de periódicos, Lisa descubrió el pasaporte.

Aliviados, bajamos al salón donde esperaban Henry Kissinger, Rigoberta Menchú, Richard Schlosberg III, presidente de Los Angeles Times, y una multitud, básicamente de jóvenes latinoamericanos que venían a conocer a Gabo.

Por supuesto, a Gabo le tomó casi una hora saludar a sus lectores y firmar sus libros. Mientras pasaba el tiempo, Schlosberg, mi jefe, me dijo que quería conocerlo. Me acerqué a Gabo y le transmití la petición. Su respuesta fue: “Claro que voy a conocerlo, pero hasta que termine de atender a mis lectores”.

Con cierta pena le pasé el mensaje a mi jefe, quien afortunadamente entendió y esperó pacientemente. Schlosberg era un exmarine que hablaba con sus subordinados caminando impacientemente y mirando su reloj cada tres minutos. El encuentro duró poco: ni Gabo hablaba inglés ni Schlosberg español.

El discurso de Gabo, El mejor oficio del mundo, tuvo un éxito descomunal. Al terminar, Gabo se negó a sentarse en la misma mesa que Kissinger y a escuchar su discurso. En una ocurrencia macondiana, nos pidió a Frank del Olmo y a mí que lo lleváramos a una discoteca a comprar un CD con 16 versiones de La Guantanamera.

Recorrimos Los Ángeles, pero no lo encontramos en ningún lado. Yo pensé que era una ficción que Gabo imaginaba, hasta que, años después, lo encontré en una librería de Santo Domingo y se lo regalé.

Para el almuerzo, Gabo nos pidió que lo lleváramos a un restaurante de steaks al que lo había llevado una vez Rodrigo, su hijo, pero del que no recordaba el nombre. Lo llevamos a uno que conocíamos y quedó satisfecho. De regreso al hotel, se durmió durante todo el camino.

Al día siguiente me dijo que no tenía corbata para la cena de clausura y fuimos a buscar una. Escogió una negra para su camisa negra y, por supuesto, nunca se la puso.

De la tienda pasamos a una librería donde anunciaban Cien años de soledad promocionando a Gabo como el autor de El amor en los tiempos del cólera. Su comentario fue: “Solo en Estados Unidos pasa algo así”.

En la cena de gala al final de la Asamblea, celebrada en los jardines de la Huntington Library, también hubo jaleo porque Gabo quería sentarse con Enrique Santos y conmigo, mientras que los organizadores pretendían ubicarlo en la Mesa de Honor.

Momentáneamente ganó la SIP, pero en cuanto se descuidaron los organizadores, Gabo se pasó a nuestra mesa.

Los Cabos, 2004: mariachis, cumbias y vallenatos

El 11 de marzo de 2004, la Asamblea Intermedia de la SIP se celebró en Los Cabos y, otra vez, la estrella fue Gabo.

Jani y yo nos divertimos muchísimo con el grupo colombiano. La primera noche nos escapamos del hotel con Gabo y Mercedes, Enrique Santos y Gina, para ir a un restaurante muy humilde llamado Mi Casa. Allí, un dibujante descubrió a Gabo y, sin que nos diéramos cuenta, le hizo un retrato que luego le regaló.

Durante una de las fiestas en el hotel, una orquesta tocaba cumbias y Gabo sacó a bailar a mi esposa, Jani. Los fotógrafos los descubrieron y corrieron a captar el momento.

El 15 de marzo, para celebrar con retraso el cumpleaños de Gabo, alguien le organizó una fiesta muy divertida con mariachis en una casa del pueblo.

Gabo y yo conocíamos muy bien el repertorio de canciones rancheras mexicanas y a cada rato hacíamos un dueto. Gabo siempre me pedía estar junto a él para evitar que algún desafinado terminara cantando a su lado.

Al día siguiente, no sé quién organizó otra fiesta para Gabo, pero esta vez en una lancha que navegaba por el Mar de Cortés, amenizada por un conjunto que se sabía todas las cumbias y vallenatos.

Cuando los músicos tocaron A Dios le pido, de Juanes, la gente en la lancha se volvió loca. Los músicos tuvieron que interpretarla no sé cuántas veces porque Gabo y Mercedes no paraban de cantarla y bailarla.

Por un momento pareció que hasta las famosas ballenas de Baja California habían salido a bailar sus vallenatos.

Cartagena, 2007: la alegría de estar entre amigos

La Asamblea de medio año de la SIP se celebró en Cartagena y, por supuesto, Gabo no podía faltar.

Asistieron el presidente Álvaro Uribe, Luis Alberto Moreno, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Bill Gates y otras personalidades.

Siempre pensé que Gabo se sentía más a gusto platicando con gente sencilla que con la mayoría de las grandes personalidades.

Durante el almuerzo de bienvenida, al pobre Gabo apenas lo dejaban comer sus admiradores, que se acercaban continuamente para pedirle autógrafos. Pero, como era su costumbre con sus lectores, manejó todo con mucha amabilidad. El almuerzo transcurrió en un ambiente muy agradable, con la inigualable alegría colombiana.

Al día siguiente, Gabo y Mercedes nos invitaron a un cóctel en su impresionante fortaleza frente al mar. Estuvimos Enrique y Gina Santos, Clemencia Santos, esposa de Juan Manuel Santos, Roberto Pombo y su esposa Juanita Santos, Juana, mi esposa, mi hijo Sergio y yo.

La reunión fue larga y, como siempre, muy divertida.

Y así recuerdo a Gabo en aquellas asambleas de la SIP: rodeado de amigos, conversando, cantando, bailando y, sobre todo, disfrutando de la compañía de quienes lo querían. Un hombre capaz de cautivar a un auditorio con sus palabras, pero que también prefería compartir una mesa con sus amigos antes que ocupar un lugar de honor entre las grandes personalidades.

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