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"Defendía la libertad y era un liberal y por tanto, por muy convencido que estuviera, era consciente de que podía estar errado, que la suya no era la única verdad y menos la verdad", así recuerda Danilo Arbilla a Zuccolillo.
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Por Danilo Arbilla

Conocí a Aldo Zuccollillo hace casi cuarenta años. En una asamblea de la SIP en Toronto en el año 1979. Pasaron unas ochenta asambleas, reuniones especiales, de comités, las célebres, entre otras, de Chapultepec y la de Crímenes de Periodistas sin Castigo. Me recibió en su casa y lo recibí en la mía. Cultivamos una buena relación. Hoy no podría ser ecuánime al escribir sobre él: la pena y la estima me lo impiden. Haré un esfuerzo, sí, por describirlo.

Me parece que lo veo. Plantado en el medio de la escena, con toda su estatura, ante el que sea y entre quienes sean, en defensa de sus razones, de lo que creía, sin alzar el tono de su voz, pero sin dar tregua; hasta el cansancio si era preciso.

No era de ceder, pero tampoco intolerante. Arremetía, pero también escuchaba. Sabía oír. Ocupaba su espacio y todos los espacios posibles, pero sin privarle de iguales espacios a los demás. Defendía la libertad y era un liberal y por tanto, por muy convencido que estuviera, era consciente de que podía estar errado, que la suya no era la única verdad y menos la verdad. Lo que sí no hacía era seguir la corriente, por ninguna razón, ni por conveniencia y menos por miedo. Nadie lo podría acusar de demagogo o de pusilánime. No lo asustaba pelear solo. No se acomodaba a lo políticamente correcto, ni por estrategia, por resalte o por rebelde sin causa, sino porque no cedía ante los gritos de las tribunas ni se refugiaba en los silencios de la cobardía.

Aldo era políticamente incorrecto. Fue su mayor virtud. Se atrevió a señalar directo y de frente el desnudo de reyes y reinas. Y en ello contribuyo siempre y mucho a todo debate en que participo. Abrió ventanas y pateó puertas y en el error o en el acierto amplio espacios y horizontes y facilito nuevos aires a la discusión.

Fue implacable. Una vez alguien, en el medio de un debate, me dijo, refiriéndose a Aldo entonces en uso de la palabra, "es una especie de Cid Campeador; da la batalla aún después de muerto".

Y lo era. Y para seguir la batalla queda su estirpe y ABC Color el diario que fundó, por el que siempre se jugó y con el que siempre se jugó por todas las libertades y por la libertad de expresión, la primera de todas.

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