Esta columna fue publicada el 9 de julio de 2026 en la revista Búsqueda de Montevideo, Uruguay.
Sobre el fallecimiento del periodista Guillermo Pérez Rossell, cuya prioridad principal era poner el diario en la calle para que, por sobre todas las demás, los ciudadanos recibieran información
Esta columna fue publicada el 9 de julio de 2026 en la revista Búsqueda de Montevideo, Uruguay.
Por Danilo Arbilla
Se ha hecho como una costumbre que Búsqueda me preste un rincón para hacer el duelo, y homenaje al mismo tiempo, por colegas que han resaltado y honrado la profesión. Hoy se trata del fallecimiento de Guillermo Pérez Rossell, por más de medio siglo un “puntal” de El País, como el propio diario lo resalta en su despedida.Guillermo murió el pasado 4 de julio, cumplidos ya los 90 años, creo —detalles y precisiones son anécdotas— que dedicados en casi su totalidad al periodismo. Alguien me avisó por redes y vi además una publicación en X de Graziano Pascale, que daba cuenta de lo siguiente: “Qué triste noticia. Partió Guillermo Pérez Rossell, un periodista de raza, que dejó su huella en la historia de El País…”.
Sumé un comentario personal: “El gremio pierde uno de sus más nobles integrantes. Hoy las campanas doblan por todos los periodistas. Además, un amigo. Qué pena infinita”. A su vez, Graziano abundó: “Vivirá siempre en quienes lo conocimos. Cumplió al pie de la letra lo de Kapuscinski: no se puede ser un buen periodista si no se es una buena persona”.Todo cierto. Cumplió su tarea a cabalidad, con dedicación completa; por más de 25 años como jefe y como secretario de redacción cargó en sus espaldas la responsabilidad de hacer que el diario apareciera todos los días. Era de esos “jefes peones” del periodismo, que recién culminaban su tarea del día a la madrugada del día siguiente, luego de dar el “vamos” a las rotativas.
Es así, poeta, son esos periodistas laburantes, que no aparecen ni figuran tanto, pero sin cuya existencia los diarios no estarían en la calle todos los días”, machacaba siempre el gran maestro Francisco Luis Llanos, el periodista argentino que, entre otras cosas, hizo el diario Clarín de Buenos Aires.
Guillermo era gran periodista y humilde —rara avis en el gremio, hay que confesarlo—, y su prioridad era, precisamente, poner el diario en la calle para que, por sobre todas las demás, los ciudadanos recibieran información. Porque también era un defensor implacable de la libertad de expresión. Me consta.
Lo conocí por la segunda mitad de la década de los 60 del siglo pasado, cuando el largo conflicto de la prensa, por el año 67, creo, en la mesa que “presidía” el maestro —de Guillermo, mío y de tantos otros— Luis Horacio Vignolo, otro grande, en el Sorocabana de la plaza Libertad, planta baja y especie de ágora de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU), ubicada unos pisos más arriba.
Después se nos hizo una costumbre vernos por allí a tomar un café e intercambiar datos y chismes de la profesión y el gremio.
Nuestra relación se afianza cuando Guillermo pasó a ser parte de la delegación de El País que asistía a las reuniones y asambleas de la Sociedad Interamericana de Prensa. Allí también se vio al obrero, del mejor nivel intelectual y profesional, trabajar y ayudar a que las cosas salieran en tiempo y forma de las diversas comisiones que desarrollaban una intensa labor en pos de la defensa de la libertad de prensa. Guillermo destacó, y destacó mucho.
Y cuando se suponía que iba a llamarse a sosiego, incluso porque los avances técnicos nos dejaban un poco atrás —a los viejos con catálogo atrasados, diríamos—, él se puso a la vanguardia y hoy El País digital es el permanente y continuo homenaje a Guillermo Pérez: fue su pionero y “empujador” sin pausa y hasta fastidioso. ¡Qué curiosidad tan grande!, propia del periodista de primera, con una energía no tan común.
Y cuando se tomó un tiempito se dedicó a escribir, a contarnos de sus recorridas por el mundo, y dio rienda suelta a su gran sensibilidad, a sus miradas profundas y a su poder de comunicador que sabe lo que es noticia y cómo contársela a la gente. Sus notas las recogió en un libro.
Y no se quedó ahí. Ya mayor, convocaba cada tanto a su casa a viejos colegas, en tertulias enriquecidas por la memoria y la imaginación, transformando aquello en una alegre y gran redacción.
Merece que estemos de luto y de duelo por haber sido un gran periodista y porque era un gran compañero.