Por Andrés Mompotes Lemos / Director General de El Tiempo
EL TIEMPO llega a este aniversario 115 consciente de que su permanencia no se explica por la simple continuidad, sino por la lealtad de sus lectores.
Por Andrés Mompotes Lemos / Director General de El Tiempo
Cumplir 115 años no puede ser, para un medio de comunicación, una invitación a la nostalgia, menos en estos tiempos. Trae consigo la obligación de mirar hacia adelante, por más empinada que parezca la cuesta. EL TIEMPO llega a este aniversario consciente de que su permanencia no se explica por la simple continuidad, sino por la lealtad de sus lectores y por la capacidad de transformarse al ritmo de los cambios tecnológicos, sociales y culturales que han redefinido la manera como las personas se informan, deliberan y comprenden la realidad. Esa adaptación constante ha sido la condición para seguir siendo un referente de información veraz y rigurosa en un escenario marcado por mutaciones cada vez más aceleradas.
Hay que decirlo sin ambages: hoy la verdad ya no circula en un terreno estable. La revolución digital, la inteligencia artificial, la fragmentación de las audiencias y la velocidad con la que se producen y consumen los contenidos han convertido la realidad en un espacio de disputa, donde compiten hechos, interpretaciones y narrativas que buscan imponerse con emoción y maniobras tendientes a alcanzar visibilidad, a veces a cualquier precio, mucho más que con fundamento. Frente a ese desafío, el periodismo hoy enfrenta una decisión esencial: adaptarse sin renunciar a los principios que le dan sentido. Sin renunciar a los principios.
EL TIEMPO ha entendido, y sus lectores dan fe de ello, que evolucionar no es abandonar su identidad, sino ponerla a prueba todos los días. La verdad, el rigor, el pluralismo y la defensa del interés general no son para este diario simples consignas abstractas, sino criterios que orientan una labor diaria que reconoce su impacto en la vida pública y en la calidad de la democracia. Hoy por hoy, ninguna tecnología, por sofisticada que sea, puede sustituir esa responsabilidad ni desplazar el valor de una información contrastada, contextualizada y pensada para servir a la sociedad antes que a la coyuntura. En esto último quiero ser enfático, pues ahí radica el diferencial que nos ha permitido mantenernos a flote en medio de incontables tormentas que esta nave periodística ha tenido que enfrentar desde su fundación en 1911. Estos van desde la censura de la que fue objeto durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla hasta el incendio que sufrieron sus instalaciones el 6 de septiembre de 1952 en el contexto de la violencia partidista, pasando por el asedio y las amenazas reales y estremecedoras del narcotráfico a finales de la década de 1980 y a comienzos de los noventa.
Este especial que hoy tiene en sus manos es testimonio de ese propósito. Su contenido da cuenta de un proyecto periodístico que no solo ha acompañado la evolución del oficio en Colombia y en el continente, constituyéndose muchas veces en referente, sino que ha logrado equilibrar una ecuación compleja: comprender a unas audiencias en permanente transformación sin desprenderse de una tradición fundada en pilares éticos. Detrás de esa tarea hay un equipo que asume como propio el reto de innovar en formatos, lenguajes y tecnologías, sin perder nunca de vista que el centro del periodismo sigue siendo la búsqueda de los hechos y su explicación responsable, buscando no solo informar de forma veraz, sino orientar a través de la opinión editorial.
Proyectarse hacia el futuro implica, entonces, persistir en esa doble exigencia: estar siempre atentos a los cambios y, al mismo tiempo, sostener un compromiso inalterable con la democracia, con la defensa de sus libertades y con la verdad. En eso nunca vamos a claudicar. Pronto, este desafío se encarará desde un nuevo espacio físico acorde con las necesidades del oficio en los tiempos que corren. La nueva sede del diario, que se inaugurará este año, es ante todo un símbolo físico, real, de la apuesta por el futuro. Esta inversión es otra evidencia del compromiso de la organización empresarial Luis Carlos Sarmiento Angulo, el accionista mayoritario de esta casa editorial, con la preservación de los valores de un periodismo de calidad al servicio de la gente y del país. Los mismos principios que fueron sembrados en sus inicios por Alfonso Villegas y Eduardo Santos y que hoy son impulsados por sus actuales propietarios.
El reto es grande, pero en esta casa cada periodista y cada trabajador es consciente de su enorme responsabilidad. En una época en la que la información se multiplica sin filtros y la desinformación gana terreno, nuestra labor, reitero, es una batalla diaria contra los abusos, la manipulación y las mentiras, es la reafirmación constante de un servicio para el público. Ese es el horizonte que guía a EL TIEMPO al llegar a sus 115 años: evolucionar para seguir siendo referente y relevante, innovar para seguir siendo confiable y defender, por encima de cualquier presión o tendencia, el papel insustituible del periodismo en la construcción de una sociedad informada y libre.
NOTA: Este editorial fue publicado por el diario El Tiempo en su edición conmemorativa por su 115 aniversario este viernes 30 de enero de 2026.