Carlos Jornet - Presidente, Comisión de Libertad de Prensa e Información de la SIP

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Palabras de Carlos Jornet

Presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la SIP

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Palabras de Carlos Jornet

Presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información, SIP

Director de La Voz del Interior, Córdoba, Argentina

Martes 20 de abril de 2021


El ensayista libanés Nassim Taleb describió hace ya 14 años lo que se conoce como la teoría del Cisne Negro.

La expresión surge del erróneo concepto que reinaba siglos atrás en Europa, de que sólo había cisnes blancos. De allí que un cisne negro simboliza aquel suceso inesperado, de alto impacto socioeconómico y que puede ser racionalizado sólo después de que se produjo. Como dice el subtítulo del libro de Taleb, “el impacto de lo altamente improbable”.

Para muchos, lo que estamos viviendo debido a la pandemia de Covid-19 es un cisne negro. Nassim Taleb en realidad niega que pueda aplicarse esa categoría, ya que una pandemia global como la que vivimos venía siendo anunciada y para muchos científicos era una probabilidad cada vez más cercana.

Es evidente, no obstante, que la sombra de un cisne negro, de un impacto de consecuencias quizá irreversible para muchas publicaciones, se cierne sobre la prensa escrita; en alguna medida, sobre el periodismo en su conjunto y, por ende, sobre la libertad de expresión. Era algo anunciado, pero que se aceleró dramáticamente.

Centenares de diarios, semanarios y revistas de todo el continente redujeron su frecuencia, achicaron sus planteles o directamente cesaron su circulación. Muchos otros evalúan medidas similares.

Centenares de comunidades en todo el continente quedaron sin una voz que los represente, sin un oído que escuche sus inquietudes, sin un medio que refleje sus esperanzas de un mundo mejor.

En especial sobre pequeñas ciudades y poblaciones, las arenas del desierto informativo se extienden; en muchos casos alentadas por los vientos de la intolerancia y el autoritarismo, que ve a la prensa independiente como la primera barrera a derribar, para avanzar luego sobre todo atisbo de institucionalidad y control republicano.

Miles de periodistas ya no tienen posibilidades de investigar, de ahondar en la realidad, de reflejar injusticias, de promover debates para la búsqueda de soluciones.

El crimen organizado avanza en las zonas calientes del continente, ya sin la mirada molesta de quienes denuncian sus delitos y sus estrategias para cooptar a policías, militares, jueces y políticos.

Miles de funcionarios y legisladores ya no temen el escrutinio ciudadano, se sienten al margen del control social, no se sienten obligados a rendir cuentas.

Seguramente por esto último, en este contexto oscuro para la libertad de prensa, gobiernos de todos los niveles no sólo no salieron a garantizar la sustentabilidad de los medios, en riesgo por la crisis económica desatada por la pandemia, sino que aprovecharon los estados de emergencia para acentuar sus presiones tendientes a coartar el derecho a informar y ser informado.

Es cierto: como veremos en este mismo encuentro, algunos gobiernos de la región han dictado medidas para contribuir a la sustentabilidad de los medios y garantizar la continuidad de la labor esencial que estos desarrollan para la democracia y la libertad.

Pero en varios países, los ataques a periodistas y medios y las presiones sobre la prensa no sólo no disminuyeron, sino que se acentuaron.

Ya en las dos últimas reuniones -la de medio año de marzo de 2020 y la asamblea general de octubre último- advertimos sobre restricciones para la movilidad de los periodistas, trabas agravadas para el acceso a información pública y en especial a la que se vincula con compras y licitaciones de insumos y vacunas, detenciones arbitrarias, ataques a medios y a quienes desarrollan la actividad.

Los informes que prepararon los vicepresidentes regionales que me secundan en la Comisión -señor presidente, estimados colegas- indican que en los últimos seis meses otros ocho periodistas fueron asesinados en las Américas, con lo cual suman 22 en los últimos 12 meses.

Nada frenó la violencia ni la impunidad, pese a que muchos otros colegas murieron tras contagiarse en ejercicio de su profesión. Ellos y ellas se sumaron a la lista de más de 130 periodistas y personal de medios de las Américas que murieron por Covid-19 durante su labor profesional y a quienes la SIP reconoció con el Gran Premio a la Libertad de Prensa 2020.

Tampoco se frenaron los intentos de dirigentes populistas por desacreditar y estigmatizar a medios y periodistas independientes que investigan hechos de corrupción.

Para ello, buscan instalar el concepto del “lawfare”, de una presunta connivencia entre periodistas, jueces y políticos opositores. O utilizan las redes sociales (propias o las de sus ejércitos de trolls) para descargar una violencia verbal inusitada e instalar sospechas infundadas contra quien se atreve a denunciar abusos o irregularidades en el ejercicio del poder.

Este clima adverso hacia la prensa alienta agresiones de fuerzas policiales y también de manifestantes contra quienes realizan la cobertura de protestas políticas y sociales, que se multiplican en el continente.

Tampoco amaina el acoso judicial y legislativo contra la prensa en algunos países.

Nuestra responsabilidad, nuestra misión, nuestro deber, es seguir aventando esas amenazas y procurar con renovadas fuerzas que sobre nuestras sociedades no se imponga el escenario adverso del cisne negro sino el vuelo esperanzado de las palomas de la paz y la libertad.

Para ello es este encuentro. Para ello, estas jornadas de debate. A sabiendas de que todo lo que hagamos es imprescindible, pero nunca será suficiente frente al avance de quienes buscan restringir el debate ciudadano e imponer un discurso único.


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