23 de octubre de 2026
23 de octubre de 2026
Queridos amigos de la Sociedad Interamericana de Prensa,
Recibo en nombre de la Fundación Gabo el reconocimiento como Gran Amigo de la Prensa, con profunda gratitud y con la emoción de quien ha dedicado buena parte de su vida a una causa compartida con Ustedes: la defensa y el fortalecimiento del periodismo.
Lo recibo también como un homenaje a quienes han construido y acompañado a la Fundación durante más de treinta años, desde cuando se llamaba Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano hasta ahora que somos la Fundación Gabo. Para ellos, en sus distintas generaciones, va también mi agradecimiento: los periodistas que concurren a las convocatorias de nuestros talleres, el equipo de colaboradores en Cartagena y otras ciudades, el Consejo Rector y la junta directiva encabezada por Rodrigo y Gonzalo García Barcha, la red de maestros y expertos, los editores y los medios de comunicación, las organizaciones aliadas, y tantos amigos que han creído que vale la pena dedicar sus esfuerzos a este oficio.
Este reconocimiento tiene para nosotros un significado especial al coincidir con los treinta años del discurso memorable de nuestro fundador Gabriel García Márquez ante la Sociedad Interamericana de Prensa, en su Asamblea 52 de Los Ángeles, en 1996.
En aquella intervención, titulada El mejor oficio del mundo, Gabo habló de la vocación, la ética, la formación y la necesidad de recuperar la pasión por el periodismo. También explicó el propósito que lo había llevado a crear nuestra Fundación: contribuir a mejorar el mejor oficio del mundo.
También en esto, Gabo fue un visionario. Cuando impulsó la creación de la Fundación, todavía no existía el amplio ecosistema de organizaciones dedicadas al desarrollo y fortalecimiento del periodismo que conoceríamos años después. Comprendió tempranamente que la calidad, la independencia y el futuro del oficio necesitaban algo más que buenos periodistas: necesitaban instituciones capaces de acompañarlos, formarlos y conectarlos.
Esa convicción ha orientado nuestro trabajo durante más de tres décadas.
Hoy, la Fundación Gabo impulsa el Premio Gabo, el reconocimiento periodístico más importante de Iberoamérica; organiza cada año en Bogotá el Festival Gabo, que reúne a más de 16.000 personas alrededor del periodismo, la cultura y las grandes conversaciones de nuestro tiempo; desarrolla programas de formación, estímulo y reflexión que conectan a periodistas de toda la región, y trabaja con niños y jóvenes para fomentar el pensamiento crítico, la creatividad y las capacidades necesarias para participar de manera informada y activa en la sociedad. El método de taller práctico propuesto por Gabo está plenamente vigente.
Pero si algo ha permanecido en el centro de esa labor es una convicción que heredamos de Gabo: la ética no es un complemento del buen periodismo. Es su fundamento.
Durante muchos años tuvimos el privilegio de contar con Javier Darío Restrepo, maestro de generaciones y referente de la ética periodística en nuestro continente, quien lideró el primer programa de ética de la Fundación. Hoy, esa tarea continúa y se renueva con el liderazgo de dos grandes periodistas: Yolanda Ruiz, de Colombia, y Mónica González, de Chile.
Para mí, defender la libertad de prensa va de la mano con mantener vivo el debate ético.
Porque la libertad necesita responsabilidad, independencia y credibilidad. Y porque la ética no solo está basada en volver a los principios, sino en discutir cómo aplicarlos ante los dilemas que nos plantea cada época.
Treinta años después de aquel discurso de Gabo, esos dilemas son enormes.
La inteligencia artificial transforma, a ritmos vertiginosos, la producción y circulación de información. La desinformación erosiona la confianza pública. Las plataformas digitales concentran un poder extraordinario. Y, por si fuera poco, en nuestro continente asistimos a una ofensiva cada vez más agresiva contra la prensa, en la que actores del poder político utilizan la desinformación, la estigmatización y las nuevas herramientas de manipulación para desacreditar al periodismo ante la sociedad y debilitar su capacidad de fiscalizarlos.
A ello se suma una crisis de sostenibilidad que afecta tanto a los medios como a las organizaciones que trabajan por fortalecer el periodismo. El ecosistema institucional que durante décadas promovió la formación, la innovación y la independencia de la prensa atraviesa hoy un momento especialmente difícil.
Sin embargo, no quisiera que estas palabras fueran un diagnóstico de nuestras amenazas. Quisiera que, sobre todo, sean una invitación a imaginar el futuro.
Los desafíos que enfrentamos no se resolverán únicamente defendiendo lo que hemos construido.
Necesitamos también preguntarnos qué periodismo requiere el mundo que viene y qué responsabilidades debemos asumir para hacerlo posible.
La primera es luchar por mantener y recuperar la confianza de la sociedad. No podemos darla por sentada ni exigirla como un derecho adquirido. Debemos merecerla cada día mediante el rigor, la independencia, la transparencia y la disposición a reconocer nuestros errores.
La segunda es defender la dimensión profundamente humana del periodismo. En un mundo donde las máquinas pueden producir contenidos en segundos, adquieren todavía más valor la mirada del reportero, la sensibilidad para escuchar, la capacidad de investigar y el criterio ético para decidir qué merece ser contado y de qué manera.
La tercera es volver a poner el trabajo colectivo en el centro del oficio. Necesitamos redacciones que sean espacios de deliberación, aprendizaje y mentoría; periodistas que colaboren más allá de las fronteras; medios capaces de compartir conocimientos y recursos para investigar poderes cada vez más complejos.
Y necesitamos, también, un periodismo que no se limite a denunciar aquello que funciona mal. Sino que sea capaz de explicar, conectar, abrir conversaciones y mostrar posibilidades. Un periodismo que, sin renunciar a su espíritu crítico, contribuya a superar el miedo, la desconfianza y la fragmentación de nuestras sociedades.
América Latina tiene mucho que aportar a esa transformación. En nuestro continente han surgido nuevas generaciones de periodistas, medios independientes, iniciativas colaborativas y formas innovadoras de contar la realidad. No estamos condenados a recibir pasivamente el futuro del periodismo que otros diseñen. Estoy convencido que estamos destinados a construirlo.
En ese empeño, instituciones como la Sociedad Interamericana de Prensa y la Fundación Gabo tenemos una responsabilidad compartida: defender la libertad de prensa, promover la excelencia, impulsar la formación y tender puentes entre generaciones, países y experiencias.
El próximo año celebraremos el centenario del nacimiento de Gabriel García Márquez. En la Fundación Gabo queremos que esa conmemoración sea mucho más que una mirada agradecida hacia el pasado. Queremos que sea una oportunidad para ampliar la mirada, renovar compromisos y convocar a otros a imaginar el periodismo de las próximas décadas.
Personalmente, he dedicado buena parte de mi vida a esta Fundación y estoy decidido a seguir entregando lo mejor de mí para asegurar su continuidad. Porque creo profundamente en la vigencia de la misión que Gabo nos confió y en la necesidad de proyectarla hacia el futuro.
Hace treinta años, Gabriel García Márquez nos invitó a pensar cómo hacer mejor el periodismo. Hoy nos corresponde preguntarnos cómo conseguir que el periodismo contribuya a hacer mejor el mundo.
Esa es nuestra tarea. Y me alegra saber que seguimos contando para ello con amigos y compañeros de camino como los que integran esta Sociedad Interamericana de Prensa.
Muchas gracias.
Queridos amigos de la Sociedad Interamericana de Prensa,
Recibo en nombre de la Fundación Gabo el reconocimiento como Gran Amigo de la Prensa, con profunda gratitud y con la emoción de quien ha dedicado buena parte de su vida a una causa compartida con Ustedes: la defensa y el fortalecimiento del periodismo.
Lo recibo también como un homenaje a quienes han construido y acompañado a la Fundación durante más de treinta años, desde cuando se llamaba Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano hasta ahora que somos la Fundación Gabo. Para ellos, en sus distintas generaciones, va también mi agradecimiento: los periodistas que concurren a las convocatorias de nuestros talleres, el equipo de colaboradores en Cartagena y otras ciudades, el Consejo Rector y la junta directiva encabezada por Rodrigo y Gonzalo García Barcha, la red de maestros y expertos, los editores y los medios de comunicación, las organizaciones aliadas, y tantos amigos que han creído que vale la pena dedicar sus esfuerzos a este oficio.
Este reconocimiento tiene para nosotros un significado especial al coincidir con los treinta años del discurso memorable de nuestro fundador Gabriel García Márquez ante la Sociedad Interamericana de Prensa, en su Asamblea 52 de Los Ángeles, en 1996.
En aquella intervención, titulada El mejor oficio del mundo, Gabo habló de la vocación, la ética, la formación y la necesidad de recuperar la pasión por el periodismo. También explicó el propósito que lo había llevado a crear nuestra Fundación: contribuir a mejorar el mejor oficio del mundo.
También en esto, Gabo fue un visionario. Cuando impulsó la creación de la Fundación, todavía no existía el amplio ecosistema de organizaciones dedicadas al desarrollo y fortalecimiento del periodismo que conoceríamos años después. Comprendió tempranamente que la calidad, la independencia y el futuro del oficio necesitaban algo más que buenos periodistas: necesitaban instituciones capaces de acompañarlos, formarlos y conectarlos.
Esa convicción ha orientado nuestro trabajo durante más de tres décadas.
Hoy, la Fundación Gabo impulsa el Premio Gabo, el reconocimiento periodístico más importante de Iberoamérica; organiza cada año en Bogotá el Festival Gabo, que reúne a más de 16.000 personas alrededor del periodismo, la cultura y las grandes conversaciones de nuestro tiempo; desarrolla programas de formación, estímulo y reflexión que conectan a periodistas de toda la región, y trabaja con niños y jóvenes para fomentar el pensamiento crítico, la creatividad y las capacidades necesarias para participar de manera informada y activa en la sociedad. El método de taller práctico propuesto por Gabo está plenamente vigente.
Pero si algo ha permanecido en el centro de esa labor es una convicción que heredamos de Gabo: la ética no es un complemento del buen periodismo. Es su fundamento.
Durante muchos años tuvimos el privilegio de contar con Javier Darío Restrepo, maestro de generaciones y referente de la ética periodística en nuestro continente, quien lideró el primer programa de ética de la Fundación. Hoy, esa tarea continúa y se renueva con el liderazgo de dos grandes periodistas: Yolanda Ruiz, de Colombia, y Mónica González, de Chile.
Para mí, defender la libertad de prensa va de la mano con mantener vivo el debate ético.
Porque la libertad necesita responsabilidad, independencia y credibilidad. Y porque la ética no solo está basada en volver a los principios, sino en discutir cómo aplicarlos ante los dilemas que nos plantea cada época.
Treinta años después de aquel discurso de Gabo, esos dilemas son enormes.
La inteligencia artificial transforma, a ritmos vertiginosos, la producción y circulación de información. La desinformación erosiona la confianza pública. Las plataformas digitales concentran un poder extraordinario. Y, por si fuera poco, en nuestro continente asistimos a una ofensiva cada vez más agresiva contra la prensa, en la que actores del poder político utilizan la desinformación, la estigmatización y las nuevas herramientas de manipulación para desacreditar al periodismo ante la sociedad y debilitar su capacidad de fiscalizarlos.
A ello se suma una crisis de sostenibilidad que afecta tanto a los medios como a las organizaciones que trabajan por fortalecer el periodismo. El ecosistema institucional que durante décadas promovió la formación, la innovación y la independencia de la prensa atraviesa hoy un momento especialmente difícil.
Sin embargo, no quisiera que estas palabras fueran un diagnóstico de nuestras amenazas. Quisiera que, sobre todo, sean una invitación a imaginar el futuro.
Los desafíos que enfrentamos no se resolverán únicamente defendiendo lo que hemos construido.
Necesitamos también preguntarnos qué periodismo requiere el mundo que viene y qué responsabilidades debemos asumir para hacerlo posible.
La primera es luchar por mantener y recuperar la confianza de la sociedad. No podemos darla por sentada ni exigirla como un derecho adquirido. Debemos merecerla cada día mediante el rigor, la independencia, la transparencia y la disposición a reconocer nuestros errores.
La segunda es defender la dimensión profundamente humana del periodismo. En un mundo donde las máquinas pueden producir contenidos en segundos, adquieren todavía más valor la mirada del reportero, la sensibilidad para escuchar, la capacidad de investigar y el criterio ético para decidir qué merece ser contado y de qué manera.
La tercera es volver a poner el trabajo colectivo en el centro del oficio. Necesitamos redacciones que sean espacios de deliberación, aprendizaje y mentoría; periodistas que colaboren más allá de las fronteras; medios capaces de compartir conocimientos y recursos para investigar poderes cada vez más complejos.
Y necesitamos, también, un periodismo que no se limite a denunciar aquello que funciona mal. Sino que sea capaz de explicar, conectar, abrir conversaciones y mostrar posibilidades. Un periodismo que, sin renunciar a su espíritu crítico, contribuya a superar el miedo, la desconfianza y la fragmentación de nuestras sociedades.
América Latina tiene mucho que aportar a esa transformación. En nuestro continente han surgido nuevas generaciones de periodistas, medios independientes, iniciativas colaborativas y formas innovadoras de contar la realidad. No estamos condenados a recibir pasivamente el futuro del periodismo que otros diseñen. Estoy convencido que estamos destinados a construirlo.
En ese empeño, instituciones como la Sociedad Interamericana de Prensa y la Fundación Gabo tenemos una responsabilidad compartida: defender la libertad de prensa, promover la excelencia, impulsar la formación y tender puentes entre generaciones, países y experiencias.
El próximo año celebraremos el centenario del nacimiento de Gabriel García Márquez. En la Fundación Gabo queremos que esa conmemoración sea mucho más que una mirada agradecida hacia el pasado. Queremos que sea una oportunidad para ampliar la mirada, renovar compromisos y convocar a otros a imaginar el periodismo de las próximas décadas.
Personalmente, he dedicado buena parte de mi vida a esta Fundación y estoy decidido a seguir entregando lo mejor de mí para asegurar su continuidad. Porque creo profundamente en la vigencia de la misión que Gabo nos confió y en la necesidad de proyectarla hacia el futuro.
Hace treinta años, Gabriel García Márquez nos invitó a pensar cómo hacer mejor el periodismo. Hoy nos corresponde preguntarnos cómo conseguir que el periodismo contribuya a hacer mejor el mundo.
Esa es nuestra tarea. Y me alegra saber que seguimos contando para ello con amigos y compañeros de camino como los que integran esta Sociedad Interamericana de Prensa.
Muchas gracias.